El calvario de un preso político, por Antonio Ledezma
No existe música más sublime que el estruendo de un cerrojo que se abre para devolver la libertad. Cada vez que un ser humano logra salir de prisión, el alma se ensancha; pero ese festejo es mucho más hondo y trepidante cuando se trata de alguien que padeció un encierro injusto, de esos que Nicolás Maduro ordenó con sevicia contra quienes nos atrevimos a disentir de sus arbitrariedades.
Aquel 16 de noviembre de 2017, mientras emprendía mi fuga hacia lo desconocido, mascullaba en silencio las palabras que Don Quijote dirigió a Sancho Panza: “La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre”. Esa máxima no era para mí literatura: era el oxígeno que necesitaba para dejar atrás los muros de la opresión.
Mi relación con el submundo carcelario venezolano no comenzó con mi persecución, sino con mi vocación de servicio. En marzo de 1984, al asumir mi curul como diputado al Congreso Nacional, fui designado presidente de la Comisión Permanente de Asuntos Penitenciarios. Desde esa........
