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Venezuela: el poder sin consentimiento, por Antonio de la Cruz

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El poder se sostiene de dos maneras: por la fuerza o por el consentimiento. La dominación aplasta; la legitimidad convence. El poder dura cuando los gobernados aceptan como natural el orden que los gobierna.

Venezuela ha inventado una tercera fórmula, más barata y cruel: gobernar sin convencer y sin necesidad de reprimir todos los días. Gobernar con la resignación ajena.

El reciente reporte sobre la transición venezolana lo registra con frialdad técnica: existe una brecha entre el deseo y el calendario. El 74% de los venezolanos quiere un cambio, según la encuesta nacional de IRI/CID Gallup de junio y julio de 2026. Pero solo el 34% cree que ese cambio ocurrirá, y un 26% no confía en ningún actor político. Cuarenta puntos de distancia entre lo que se desea y lo que se espera, y una cuarta parte de la población huérfana de toda representación. Dicho de otro modo: hay una demanda grande sin una fuerza organizada capaz de articularla; descontento estático que no le cuesta nada al régimen. Incluso el instrumento que mide ese deseo —una encuesta financiada por Washington, con apenas 5% de tasa de respuesta— fabrica parte del consentimiento que dice registrar.

Esto tiene un nombre: consentimiento pasivo. No es adhesión, no es entusiasmo, no es legitimidad. Es la aceptación de lo inevitable. “Esto es lo que hay.” La economía conductual explica su mecánica: el 59% dice que su situación sigue “igual” desde la extracción de Nicolás Maduro el pasado mes de enero. Esa igualdad es el punto de referencia congelado desde el cual se calcula cada riesgo. El 45% exige elecciones “lo antes posible”, pero un 24% tolera la postergación hasta 2030: la espera se percibe como preservación de la frágil estabilidad. El régimen agita el fantasma del retorno a la hiperinflación si se altera el statu quo. No........

© La Patilla