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Antonio de la Cruz: Maduro cayó, el Estado chavista sigue vivo

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Durante años, hemos imaginado el final del chavismo con una escena. Una multitud frente a Miraflores. Un presidente abandonando el palacio. Una juramentación. Una bandera. El instante preciso en que terminaba una época y comenzaba otra.

Las transiciones reales rara vez funcionan así.

Los sistemas autoritarios no son solamente hombres. Son tribunales, generales, fiscales, empresarios favorecidos, policías, contratos, bancos, organismos electorales y burocracias. Son también hábitos: jueces que esperan una llamada antes de decidir, funcionarios que obedecen al partido antes que a la Constitución, ciudadanos que aprenden que protestar tiene consecuencias.

Por eso Venezuela enfrenta ahora una paradoja. El viejo orden ha perdido buena parte de su legitimidad, pero conserva fragmentos importantes del Estado. La fuerza democrática posee legitimidad electoral y social, pero todavía no controla plenamente las instituciones necesarias para gobernar. Y entre ambos aparece Estados Unidos, con suficiente poder financiero, diplomático y coercitivo para condicionar el proceso.

Esto no es todavía una democracia. Tampoco es la Venezuela de Nicolás Maduro. Es un interregno.

El error de mirar solamente a Miraflores

La política venezolana estuvo enfocada durante mucho tiempo con Miraflores. Este énfasis era comprensible. En un sistema hiperpresidencialista, controlar Miraflores parecía equivalente a controlar Venezuela. Pero la experiencia de 2015 demostró lo contrario.

La oposición conquistó entonces la Asamblea Nacional y descubrió que ganar una elección no significaba necesariamente obtener poder. El Tribunal Supremo de Justicia declaró al Parlamento en desacato, restringió sus atribuciones y permitió que otras estructuras asumieran competencias que constitucionalmente pertenecían al Legislativo.

La lección fue brutal: se puede ganar electoralmente y continuar políticamente cercado.

El mismo problema reapareció después de las elecciones presidenciales de 2024. La legitimidad democrática podía existir independientemente de la capacidad efectiva para ejercerla.

Por eso la pregunta decisiva de la Venezuela actual no debe ser quién controla Miraflores, sino........

© La Patilla