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Guti o el sindicalismo de clase

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20.03.2026

ZAMORA. MANIFESTACION 1 DE MAYO / JOSE LUIS FERNANDEZ / LZA

Hace unos días decía mi compañero concejal Manuel que las pistas deportivas y los pabellones estaban un poco más vacíos porque se había ido un trabajador con sus manos y sus palabras.

Con esas palabras que expresan pensamientos, con esas manos que pasan del dicho al hecho... Y con esa sonrisa que muestra sentimientos, con esos ojos que miran con la ternura del portador de sueños, y con esa tenacidad del que puede ver un mundo mejor y trabaja para hacerlo. Añado yo.

Un nombre sin pretensiones y sin la sofisticación de apellidos alambicados: Guti. Acompañado en todo caso "si insistes" -como diría él mismo- de la hermosa palabra "compañero", que para acompañar al bisílabo Guti se apocopaba en "compa".

El compa Guti: nada más que un trabajador en el Ayuntamiento de Zamora, nada menos que un sindicalista de clase.

Conocí al compañero en el sindicato antes de que se fuera apagando el sindicalismo de clase. Mucho antes de que como concejala de personal me haya tocado estar al otro lado de la mesa como patronal en jefa del ayuntamiento zamorano, donde enfrente a veces se sentaba Guti con sus palabras, sus manos, sus pensamientos, su sonrisa, su mirada y su tenacidad para defender mejoras laborales. Con su compromiso para hacerlo desde el sindicalismo de clase.

Por eso quiero homenajear con su nombre al sindicalismo de clase, que no es exclusivo de Guti pero sí de todas las personas que como él han defendido a la clase obrera: hombres y mujeres sin nombre conocido que se llamaban compañeros y compañeras.

Conocí a Guti en el sindicato cuando se empezaban a celebrar elecciones sindicales entre los funcionarios y otro sindicalista ejemplar, el maestro y compañero Jose Manuel Marino, me había liado para ir en las listas.

En el año 1987 el sindicato tenía muchos valientes (todos y todas) y muy pocos liberados. Eran valientes porque si se presentaban a las elecciones a representantes o delegados de personal -que sustituyeron a los enlaces del sindicalismo vertical del franquismo- podían sufrir represalias por parte de la patronal que, pese a las leyes que protegen a los delegados sindicales, no te libraban de ser mal visto en la empresa o incluso despedido.

No era por supuesto el caso de los funcionarios como yo misma -que no soy valiente- que al tener el puesto de trabajo fijo no nos arriesgábamos más que a no ser promocionados por el poder a un mejor puesto. Nada que ver con los sindicalistas que defendían a sus compañeros en las fábricas, los comercios, la limpieza o la hostelería. Y más en empresas pequeñas como las de Zamora, donde no contaban con el apoyo organizado de los trabajadores de grandes empresas que podían paralizar la producción o los servicios con sus movilizaciones.

Por eso en el sindicato se respetaba a los sindicalistas que se jugaban su puesto de trabajo por estar afiliados, que daban la cara para defender a los compañeros como delegados de personal, y que se jugaban su salario cuando para conseguir mejoras para todos hacían huelga con el consiguiente descuento.

Entonces estos trabajadores eran los más admirados y en el sindicato todos trabajábamos en todos los sectores. Recuerdo que cuando se convocaban elecciones en la hostelería, tuvimos que ir los de la enseñanza a buscar candidatos, y si estaba el jefe en la barra... pedirnos un café ¡Cuántos cafés! ¡Qué pocas candidaturas! ¡Alguna decepción y muchas risas!

Poco a poco se fue viendo que los sindicatos que en lugar de trabajar para todos o para los que peor situación laboral tenían -como hacían los sindicatos de clase- defendían a un colectivo más concreto y con más influencia social, conseguían más mejoras para ese sector concreto, en el cual se fue imponiendo el sindicalismo corporativo, que debería llamarse el de cada cual defiende lo suyo o lo "suyísimo".

Cuando el sindicalismo corporativo afectaba a los servicios públicos, las ventajas profesionales conseguidas eran aún mayores, aunque fueran a costa de afectar negativamente a los trabajadores de otros sectores.

Como además en el sector público, y sobre todo entre los funcionarios, el ser sindicalista no tenía coste laboral y sí alguna ventaja como disponer de horas para ejercer la función o liberarse del trabajo por acumulación de las de otros delegados, los sindicatos de clase pasaron a ser dirigidos por esos liberados que no se jugaban el puesto de trabajo en lugar de por los valientes que se lo jugaban en una empresa.

Unido todo eso a la atomización de las empresas que, en vez de ser las grandes fábricas centralizadas con un jefe, pasaron a ser sucursales pequeñas que no se sabía ni de quien dependen. Y con el éxito de los sindicatos corporativos que obtenían mejor resultado laboral y en las elecciones sindicales por defender sólo a los suyos, se fue desdibujando el sindicalismo de clase.

Las mismas huelgas que eran la gran arma legal de los sindicatos, pasaron a sustituirse por movilizaciones con banderas, pancartas y pitadas a la puerta de los centros de trabajo, que salían en las teles y no suponían descuento del sueldo (sobre todo en el sector público donde ya no suponían tampoco represalias ni despidos).

Paralelamente, los medios de comunicación de masas empezaron a hacerse eco de las ventajas de los "gambosindicalistas" según los partidos de derechas. Y las masas de trabajadores empezaron a creer en los abusos de los sindicalistas que no eran de su sector exclusivamente. Algunos partidos como Vox crecieron recortando derechos sindicales históricos considerados por ellos abusos contra las empresas.

La ideología del sindicalismo de clase que proclamaba la unidad de los trabajadores, la solidaridad de la clase obrera y la movilización para conseguir mejoras para todos, se sustituyó por el "sálvese quien pueda" de cada sector de un sindicato corporativo.

A la vez que desaparecía el sindicalismo de clase, las políticas de izquierdas parecían ser derrotadas por las derechas entre la clase trabajadora que había perdido la conciencia de clase. De hecho eran derrotadas en las elecciones políticas.

Pero en el pabellón, en la pista deportiva, en el ayuntamiento, en la fábrica, en la escuela, en el hospital, en la calle y en casa, en el paro o en el trabajo, siguen oyéndose las palabras que decía el compa Guti, los pensamientos que defienden los sindicalistas de clase, y los sueños de un mundo mejor y más justo que sólo puede serlo si es compartido entre todos.

En el trabajo se llama sindicalismo de clase, en las instituciones se llama política de izquierdas, en la sociedad se llama igualdad y solidaridad.

Lo defienden trabajadores como Guti, compa del corazón y el alma si existiera.

Con su recuerdo decimos hasta siempre al sindicalismo de clase.

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