Los que llegan con la vendimia
Vendimiadores recolectan uvas en una parcela de viñedo amparada por la Denominación de Origen Toro. | CEDIDA O. DÍEZ
Hay pueblos que tienen una estación secreta. No figura en los calendarios ni la anuncia ningún reloj, pero todos saben cuándo llega. En Toro, esa estación tiene olor a tierra caliente, a mosto recién nacido y a uva madura. Tiene el color dorado de los atardeceres sobre el Duero y el rumor de unas tijeras entrando en los racimos. Es la vendimia.
Durante siglos, septiembre - o cuando el cielo y la uva lo decidieran- fue también tiempo de encuentro. La vendimia reunía a las familias, a los amigos, a los muchachos que buscaban unos jornales antes de regresar a otras ocupaciones , a quienes esperaban aquella campaña como una pequeña salvación para el bolsillo. Se trabajaba entre bromas, almuerzos, cántaros, cestos y manos teñidas de morado. Después, cuando el sol empezaba a inclinarse, el cansancio se mezclaba con la alegría de saber que otro año había comenzado su viaje hacia el vino.
Pero el tiempo, que nunca pide permiso, ha cambiado aquella escena.
Hoy, cuando Toro llama a sus viñas, quienes acuden en mayor número son vendimiadores extranjeros (alrededor del 95 por ciento) . Llegan desde otros países, desde otras geografías, desde historias que seguramente comenzaron muy lejos de estas lomas y de estas cepas viejas.
Y hay algo profundamente hermoso —y también profundamente melancólico— en esa imagen.Porque mientras algunas de nuestras viñas desaparecen, mientras la máquina comienza a sustituir a la mano y las antiguas costumbres se van quedando sin quienes las recuerden, otras manos llegan desde lejos para continuar una tarea........
