Bogas y atavismos de la Semana Santa
Escribía hace unos once años, que la Semana Santa de Zamora se sostenía en pie gracias a una extraordinaria herencia atávica, de grandes cimientos que la sostiene, aunque se me asemejaba a un gran castillo, que en su momento fue una gran fortaleza y ahora pareciera abocado a la ruina. En aquellos tiempos, me refería a que se percibía un desapego a la fe, que fundamenta la celebración. Que cristalizaba en el recurrente argumento de ser "más de procesiones, que de cofradías". Además, de un alejamiento palpable de muchos hermanos veteranos, que parecían sentirse desplazados por un acelerado incremento de las filas y por la consiguiente dilatación de los desfiles.
Actualmente, con las heridas anteriores aún sin sanar, la contrariedad es otra muy distinta. Se perciben unas grietas en la pasión zamorana; son varios asuntos y todos ellos, evidentemente, subjetivos.
En un acto penitencial, como es una procesión, resulta desconcertante que el público exterior demande al cofrade que le dé caramelos. Asistir como penitente a una procesión, aun rodeados por un gran gentío, es un acto extraordinariamente íntimo, que no se parece en nada a una cabalgata.
Resulta........
