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Bogas y atavismos de la Semana Santa

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09.04.2026

Escribía hace unos once años, que la Semana Santa de Zamora se sostenía en pie gracias a una extraordinaria herencia atávica, de grandes cimientos que la sostiene, aunque se me asemejaba a un gran castillo, que en su momento fue una gran fortaleza y ahora pareciera abocado a la ruina. En aquellos tiempos, me refería a que se percibía un desapego a la fe, que fundamenta la celebración. Que cristalizaba en el recurrente argumento de ser "más de procesiones, que de cofradías". Además, de un alejamiento palpable de muchos hermanos veteranos, que parecían sentirse desplazados por un acelerado incremento de las filas y por la consiguiente dilatación de los desfiles.

Actualmente, con las heridas anteriores aún sin sanar, la contrariedad es otra muy distinta. Se perciben unas grietas en la pasión zamorana; son varios asuntos y todos ellos, evidentemente, subjetivos.

En un acto penitencial, como es una procesión, resulta desconcertante que el público exterior demande al cofrade que le dé caramelos. Asistir como penitente a una procesión, aun rodeados por un gran gentío, es un acto extraordinariamente íntimo, que no se parece en nada a una cabalgata.

Resulta también sorprendente cómo desde el interior de la procesión, tanto a través de una caperuza, como entre las celosías de un trono, lo único que se percibe es un mar de teléfonos móviles. Ya no sabemos apreciar la belleza con nuestra propia mirada. Lo que ya roza el esperpento es cuando es el propio cofrade el que desenfunda el teléfono.

En una ciudad pequeña, el hecho de que se solapen dos desfiles procesionales simultáneamente no deja de ser un trastorno. Ya no es algo que ocurra de manera puntual o momentánea. Pues, cada vez es algo que sucede durante un tiempo mayor, en el que se da esta coincidencia. No es coherente, que dos procesiones concuerden en el tiempo a unos doscientos o trescientos metros de distancia. Es cierto, que algunas procesiones se han prolongado de manera extraordinaria, me atrevería a decir de manera incontrolada. Justificarse en una meteorología favorable para recrearse en la estación de penitencia parece una excusa banal y poco elaborada.

Los desfiles no sólo son maratonianos para los hermanos, sino también para el "hermano de acera", que cada vez, abandona con más frecuencia la procesión, sin esperar a la cruz de cierre. Por ello, comprendo que las personas mayores (y no tan mayores), se procuren un taburete para aguantar la espera y a veces, las dos horas que tarda en pasar la procesión. Lo que dista mucho de montar una acampada con esterillas en el suelo, ocupando el largo y ancho de las aceras. Hemos llegado a ver y padecer, hasta unas mesas de campo con sus sillas al paso de la Hermandad de Penitencia (capas pardas), con unos comensales atiborrándose de pizzas, dejando bolsas y cajas en suelo. Si la Semana Santa de Zamora se caracteriza y distingue del resto es por la austeridad y el recogimiento, siendo la hermandad citada con anterioridad, el paradigma de esta severidad y el daño que se hace con estos comportamientos es innegable y quizá irreparable.

De igual modo, produce un profundo rechazo ver a cofrades con la túnica puesta en los bares en los momentos previos o al finalizar la procesión. No ayuda en nada al buen nombre de nuestra Semana Santa. Otras batallas perdidas y nunca combatidas son las merendolas en el entorno de la Catedral las tardes de Jueves Santo y Viernes Santo. La estación que se hacía en la S.I. Catedral como un acto litúrgico, ha derivado en algo contrario al "ayuno y penitencia" propios de estos días. Debería de ser suficiente con una aceitada y unos vasos de agua.

Como también es un caso perdido, aquellos que utilizan el altavoz, que les propicia un cargo en una cofradía para atacar, ofender o menospreciar a otros hermanos. Es una envenenada herencia de la que parece que la Semana Santa no puede desprenderse y que ya forma parte del paisaje.

Tampoco deberíamos acostumbrarnos a botellones y a los mal llamados Vía Crucis alcohólicos que acontecen en la ciudad al hilo de la Semana Santa y que denigran el buen nombre que siempre tuvo. Luego nos lamentamos cuando otras localidades se esfuerzan en sus procesiones y, por consiguiente, han obtenido reconocimientos propagandísticos con muchos menos méritos que nuestra Semana Santa, mientras en Zamora descuidamos la propia. Si antes estábamos contando los días para la llegada de nuestra Semana Santa, hay quien cada vez la vive con más desafecto y contrariedad.

Afortunadamente, pasarán los meses, estas cuitas y el desasosiego se irán olvidando y a buen seguro que estas palabras, también serán olvidadas y caerán en saco roto.

Enrique Calvo Sampedro

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