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Old lives matter

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14.02.2026

Esta es la historia de un anciano al que Muface salvó de la desnutrición. Todos le decían que pa’ nada servía, salvo pa’l cajón. Por él nadie apostaba, su futuro se apagaba, sólo esperaba el final. ¿Quién no quiere dinero, dime quién no quiere dinero pa’ gastarlo en sanidad?

No es la adaptación cutre de una canción de Mala Rodríguez, es la cruda realidad. La rapera canta la historia de una niña que vende droga en el sevillano barrio de La Paz, yo la de un anciano zamorano consumido y en la recta final de su vida. Tanto monta monta tanto, al menos en el caso del anciano la cosa acaba como debiera: en manos de Dios.

Gracias a la mutua de salud Muface y al seguro médico Asisa, el anciano no quedó desahuciado, sin amparo. Gracias a la mutua de salud Muface y al seguro médico Asisa que se hicieron responsables de una prolongada dolencia que no tiene cura, pero sí cuidados paliativos y montañas de amor paterno filial. Gracias a Urgencias de Recoletas y Virgen de la Concha y a la planta de Medicina Interna del Provincial. Y ante todo a la calidad y calidez humana de los profesionales sanitarios.

No sé si la historia de la niña es real. La historia del anciano lo es. Se trata del hombre que amaba los árboles, mi padre. Y aunque resulta obvio que no soy Emile Zola, también "Yo Acuso". Porque no siempre la historia del anciano o del enfermo acaba bien. Los ancianos y los enfermos no le importan a nadie. Ni a un Estado plagado de parasitarios herederos del Régimen del 78, ni al productivismo capitalista, ni a la sociedad en general. Tampoco a esa izquierdita woke, siempre despierta ante cualquier injusticia, que se manifiesta por Gaza y por Gazo, pero no por sus mayores.

No hay camisetas ni chapitas con el lema Old Lives Matter, las vidas de los mayores importan. Vivimos en un We are the World, We are the Children, aquella legendaria canción de los años 80 que pretendió erradicar sin éxito la hambruna en África, pero al revés.

“Esta es la historia de un anciano al que MUFACE salvó de la desnutrición. ¿Quién no quiere dinero, dime quién no quiere dinero pa´ gastarlo en Sanidad?”

“Esta es la historia de un anciano al que MUFACE salvó de la desnutrición. ¿Quién no quiere dinero, dime quién no quiere dinero pa´ gastarlo en Sanidad?”

Vivimos en un We are the World repugnantemente insolidario y que nos conduce ante un abismo al que mejor no mirar. Lamento tener que ser yo quien se lo recuerde a las fuerzas progresistas en retroceso y a las fuerzas conservadores en auge, pero todos vamos a andar el mismo camino. Todos somos posibles candidatos a la enfermedad rara, auto inmune, degenerativa o inmunodepresora.

Todos vamos a ser viejos. Incluidos esos ultraricos admiradores de la condesa Bathory, que se gastan trillones en tensarse el rostro con hilos de oro, trasplantarse órganos de chavales o transfundirse con la sangre de mil doncellas, persiguiendo una eternidad contra natura.

Un asqueroso We are the world global en el que todas las sociedades dejan morir a los abuelos abandonados, deprimidos, aquejados de una soledad no deseada. Leo que, en un mundo tan supuestamente respetuoso con la ancianidad como era Japón, los viejitos allí se dedican ahora a robar lo que sea, para dejarse detener y que los envíen a prisión. De este modo se aseguran pasar los últimos años de su vida acompañados.

Así que cuando escucho al presidente andaluz, Juanma Bonilla, advirtiendo de que recuperar a Andalucía de las consecuencias del apocalipsis climático va a costar una burrada de millones, me echo a temblar. Sé bien lo que significa, más sabe el diablo por viejo que por diablo: nuevos recortes en la sanidad pública y más retrasos para cobrar la ayuda a la dependencia.

Unos recortes en materia de salud que vienen de lejos. Y que han sido perpetrados por las derechas, las izquierdas, los de centro y hasta por los nacionalistas. El problema de la salud nos une a todos los españoles en la misma miseria.

Como escribí más arriba, salvo al factor humano de nuestro antaño envidiable servicio de salud, hoy triste remedo de lo que un día fue. Una sanidad desmantelada a la que no hay calamidad que no le ronde. ¡Ah, del sistema público de salud! ¿Nadie me responde?

Me cuentan otra historia. La de un jefe de Medicina Interna que llegó a enfrentarse en modo bronco con el rácano gerente de su hospital y el responsable tacaño de la farmacia hospitalaria, exigiendo más gasto, mejores medicamentos. Y es que cuando la razón científica y el humanismo cristiano fallan, habla el Krav Maga.

Me soplan por otro lado, que buscando recortar en gasto médico-sanitario, se ha difundido el bulo de que el Omeprazol, el protector gástrico más recetado porque funciona, provoca alzhéimer. Es mentira cochina. Se persigue que los abuelos vuelvan al bicarbonato de toda la vida. Y así el ministerio y la consejería correspondiente se ahorran unas buenas perras.

Otra nueva y puerca mentira: El Tramadol no provoca cardiopatías.

Lo que provoca cardiopatías es el desproporcionado despilfarro en elecciones, carteles, mítines y tanta vaina, cuando todo el mundo tiene claro, cristalino, el sentido de su voto. Y los bohemios y pasotas que no nos molestamos en ir a votar, vamos a seguir pasando de hacerlo.

Menos dinero en elecciones que no sirven de nada, salvo para repetirlas ad absurdum. Y toneladas de dinero para crear mutuas de salud para los diferentes gremios. Mutuas que, al igual que Muface, trabajan para los funcionarios civiles del Estado, Isfas para los de la Defensa y Mugeju para el personal de justicia, curen las enfermedades propias de cada oficio, cubran las bajas laborales, y no nos abandonen cuando una enfermedad irrecuperable se apodere de nosotros o alcancemos la decrépita vejez.

Mutuas que protejan en todo momento con prestaciones sanitarias a los trabajadores y a sus familias. Y dado que vivimos en un sistema capitalista, sin pinta de que vaya a cambiar, que cada cual elija luego si quiere encomendarse a un seguro privado o a la salud pública y universal.

Menos despilfarro en una democracia de sainete y en unos políticos de cachondeo y más gasto en pagar bien a nuestros profesionales sanitarios. Más gasto en cuidar y proteger a enfermos y ancianos y menos eutanasia. Más nos vale cantarle a la salud al modo de Amaral: Sin ti no soy nada.

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