¿Prohibir burka y niqab? Un símbolo de opresión
El niqab es el velo que cubre la cabeza y la cara de la mujer dejando a la vista únicamente los ojos. El burka es una tela negra que cubre el cuerpo entero de la mujer, con una rejilla en la parte de los ojos para que pueda ver, al menos, ligeramente. Ambas prendas son el fruto de «planteamientos machistas», según la portavoz de Igualdad del PSOE, y «una muestra de opresión», según los socios parlamentarios del Gobierno. En consecuencia, todos ellos rechazaron el martes pasado en el Congreso la propuesta de prohibición de las dos prendas islamistas en los espacios públicos de España. Los diputados izquierdo-separatistas estaban de acuerdo en el proyecto, pero votaron en contra por el simple hecho de que lo había presentado Vox. He ahí la coherencia política en su expresión más acabada.
La activista por los derechos de las mujeres musulmanas en Francia, Fadela Amara, fue más allá en el rechazo a las prendas islamistas al señalar que «es un error ver el velo únicamente como un asunto religioso. Conviene recordad que es, por encima de todo, un instrumento de opresión, alienación, discriminación y un instrumento del poder de los hombres sobre las mujeres. No es una casualidad que los hombres (musulmanes) no lleven ningún velo».
Solo en la Europa débil, sometida a la tiranía de unas elites fanatizadas, tiene lugar un debate que, por su propia lógica, no debería siquiera plantearse en sociedades respetuosas con los derechos del individuo como deberían ser los países occidentales. De hecho, hay numerosos países de mayoría musulmana que prohíben esas prendas en público y, muy especialmente, en los ámbitos educativos. Es el caso de Turquía, Túnez o Malasia, donde el burka y el niqab son reliquias del pasado incompatibles con los valores fundacionales de esos países que, además, constituyen un problema para la seguridad nacional por la imposibilidad de identificar en situaciones de riesgo a las personas que lo llevan.
Es indudable que las prendas islamistas de las mujeres en las calles encierran un grave riesgo. La imposibilidad de identificar al autor de un hecho delictivo si lleva tapado el cuerpo es un peligro que en no pocas ocasiones ha desembocado en ataques terroristas, más de 100 en los últimos años en países de Oriente Medio. Solo por eso debería regularse el burka y el niqab en los espacios públicos de los países occidentales, en lugar de centrar el debate en su simbología opresora de carácter islamista.
Si los musulmanes obligan o no a sus mujeres a taparse hasta los ojos y ellas lo consienten es un asunto de su estricta incumbencia. Salvo que haya violencia por medio, se trata de un acuerdo en el seno de una familia, ya sea por razones religiosas o de mera costumbre. Ahora bien, debe quedar claro que si vistes esas prendas no puedes entrar a un edificio público, que es lo que nos pasaría a cualquiera de nosotros si quisiéramos entrar a una delegación de Hacienda, un autobús, un hospital o un centro deportivo con un casco de motocicleta puesto.
Todos tenemos derecho a ir con un casco o una máscara en nuestra casa o por la calle, pero si queremos acceder a determinados espacios o utilizar ciertos servicios tendremos que adaptarnos a los códigos de vestimenta establecidos en cada caso. Los musulmanes, también.
El feminismo izquierdista tiene en el burka una fuerte contradicción. Su odio a las sociedades tradicionales le lleva a defender esa prenda islamista, mientras prohíbe a las azafatas y modelos participar en eventos en los que antes eran habituales. Recuerdan a las señoras católicas y su cruzada contra la minifalda de los años sesenta, aunque ni siquiera entonces había una censura tan brutal.
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