Variaciones sobre el barco de Teseo
Del barco de Teseo no queda ni una pieza, pero podría parecerse a este. / Shutterstock
La paradoja del barco de Teseo es una controversia sobre la identidad que nos llega desde la Antigüedad a través de Plutarco. Los atenienses conservaron el barco con el que Teseo volvió tras derrotar al Minotauro, pero al cabo del tiempo, las piezas del barco, resecas y deterioradas, quebradas y rotas, fueron sustituyéndose hasta que ya no quedaba ni una sola original. Surge entonces la pregunta de si es el mismo barco, después de haber sustituido todas sus maderas, velas y hasta el último de sus clavos.
El espíritu griego no es precisamente el de la no contradicción. Elegir el barco de Teseo como pieza de museo tenía cierto morbo. Era el barco de un tributo de sangre, pues Atenas, por mor de una capitulación, debía entregar a Creta siete donceles y siete doncellas. Teseo, tras ser reconocido por Egeo, su padre y rey de Atenas, se ofreció para acabar con la sumisión a Minos, rey de Creta. Fue uno de los catorce jóvenes que viajó en el barco con velas negras, por el singular presente que transportaba. Teseo prometió que, en señal de victoria, izaría velas blancas a la vuelta. Sin embargo, el regreso fue azaroso y en el camino fue abandonada Ariadna en una isla, pese a su genial idea para salir del laberinto. Teseo olvidó trocar las velas y, al ver el negro heraldo surcando el mar, Egeo, entristecido, se arrojó al vacío. Desde entonces y en su honor, el mar tomó su nombre para no perder la memoria del buen rey.
Los atenienses erigieron en símbolo el barco que, si bien trajo al héroe de vuelta, también significó la perdición de su querido rey. El tiempo es determinante del dilema y la identidad del barco también cuestiona la del pueblo, indolente o reflexivo espectador de las antiguas tragedias. Quiero pensar en su espíritu crítico, pues la ciudad de Pericles fue cuna y encuentro de grandes pensadores. Tucídides escribe su Historia de la guerra del Peloponeso en la polis que fue vencida en la contienda bélica, pero no en los ideales y el régimen democrático con que orgullosamente se identifica.
Veinticinco siglos después, somos incapaces de tener una reflexión crítica sobre nuestra historia. La conversación del rey Felipe con el embajador de México sobre los abusos cometidos en América es un botón de muestra. No ha tardado en ser criticado por ciertos sectores intransigentes. La Guerra Civil del 36 es otro capítulo de irreflexión. Cualquier intento de clarificar, siquiera pensar en un pasado no tan ideal como el que nos enseñaron en la escuela franquista resulta una tragedia nacional. Incluso pensar sobre la diversidad de los pueblos que conforman España.
¿Tanto cuesta admitir que el pasado está tan lleno de luces como de sombras? Todo se convierte en bronca tensión política y puede más la ignorancia de un patriotismo rancio y obsoleto. Cualquier reflexión axiológica, sobre los valores sociales y humanos, se convierte en batalla vexilológica, guerra patriotera de banderas.
La historia de todos los países conocidos está construida sobre las heridas propias o las de otros. También ese imperio español de gloriosos héroes bélicos al que apelan algunos iluminados se construyó sobre las derrotas de otros. Lo que es honor y gloria para unos puede ser ignominia desde otro punto de vista.
El problema de la identidad de las naciones es también predicable de los individuos. No sólo por los errores y aciertos que nos han hecho como somos. Según dicen, cambiamos todas las células de nuestro cuerpo cada siete años, pero más allá de la física, la metáfora de Heráclito sobre el baño en el río es pura metafísica. Según Heráclito, el río no es el mismo, pero tampoco nosotros cuando nos bañamos por segunda vez. El agua que nos rodea es nueva. Puede haber cambiado el entorno e incluso el cauce, también nosotros; la edad, nuestra percepción, incluso nuestra conciencia.
Un experimento sencillo es volver a lugares donde estuvimos hace tiempo, recorrer los pasos perdidos y comprobar cómo ha cambiado el entorno y, especialmente, cómo hemos cambiado nosotros. Recuerdo la primera vez que salí de la boca del metro de Moncloa en Madrid. Ese día cambió hasta mi percepción de Murcia como ciudad, o lo que creía que era. Decía un conocido que las personas se dividían en dos clases, las que habían pisado un aeropuerto internacional y las que no, porque allí te das cuenta de lo pequeño que es tu territorio personal, incluso de tu propia pequeñez.
En la búsqueda de la propia identidad, descubro algunas constantes, más allá de mi conciencia del yo, la capacidad de asombro y el interés por aprender. Pueden ser inmanencias del yo que permanece a lo largo del tiempo. Otra constante es el amor, que te mantiene vivo y expectante. Hoy escribo para ti, que lees estas líneas, no sólo como una forma de explorar mi propia esencia, sino para reafirmar mi condición de ser que ama, tal vez porque ayer recibí felicitaciones de mucha gente que me quiere y a la que quiero.
Comparto contigo un lema extraído de un verso de Catulo: Vivamus atque amemus, vivamos y amemos.
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