menu_open Columnists
We use cookies to provide some features and experiences in QOSHE

More information  .  Close

La vuelta a la luna en 80 mundos

9 0
15.04.2026

Fotografía de la Tierra tomada en la misión Artemis II. / NASA

La misión Artemis II ha concluido su vuelo orbital a la cara oculta de la luna con el eco mediático de las antiguas misiones Apolo. El vuelo tripulado ha alcanzado varios logros de la navegación espacial, pero ha sido glosado ampliamente y lo que nos interesa son aspectos menos épicos. No es la primera vez que una nave orbita alrededor de la luna, pues ya lo hizo el Apolo VIII. Esta vez, después de millones de años viéndola en blanco y negro, hemos visto la luna en colores y, además, su cara oculta. Nos la podían haber enseñado los chinos, que ya alunizaron en la cara oculta hace un par de años, pero parece que sus logros no cuentan como éxitos de la humanidad en los registros occidentales.

Será que la contradicción es parte del espíritu humano, pero algunas siguen siendo sorprendentes. Por ejemplo, que Donald Trump presuma del éxito de la misión y espolee a la agencia espacial para llegar a Marte, al tiempo que recorta un 25 % del presupuesto de la NASA. La norteamericana ha liderado la misión, pero contaba con la participación de varias empresas tecnológicas y varias agencias espaciales de distintos y dispares países. También Israel está en esa cuerda, que lo mismo da pequeños pasos a favor de la humanidad que terribles saltos hacia la inhumanidad.

Otra curiosa contradicción es el elevado número de personas que no creen que el hombre haya pisado la luna y es cierto que la mujer todavía no lo ha hecho, pero el pequeño paso de Neil Armstrong representaba a toda la humanidad. Al menos así lo pensaba él, una excelente persona, inteligente y vitalista, fiel reflejo de aquel espíritu de la Nueva Frontera que encarnó J.F. Kennedy, cuando los Estados Unidos, con sus muchos defectos, tenía algunas notables virtudes.

Una de esas virtudes era el gusto por la oratoria. Hasta la presidencia de Obama, uno de los factores para medir el prestigio de los candidatos era su capacidad oratoria. Pero Trump también acabó con eso. G.W. Bush no era un lumbreras precisamente, pero al lado de Trump pasaría por un notable. Nunca ha habido un presidente norteamericano tan burdo, zafio, grosero y, aunque los ha habido mentirosos, ninguno le llega a la zaga.

Contradictorio resulta que el programa Artemis esté enviando fotos de la superficie lunar que se difunden por todo el planeta, mientras un número nada despreciable de personas cree firmemente que la tierra es plana. Tal vez uno de los pocos éxitos de Trump como presidente sea convencer a una caterva de cerebro-planistas, pero esa es otra historia.

Ya había llegado Armstrong a la luna cuando empecé a leer a Julio Verne. La cara oculta de la luna escondía una civilización selenita tan sólo avistada por los tripulantes de aquel vuelo decimonónico en un pequeño fulgor que rompió la oscuridad sideral en la portentosa imaginación de Verne. Fue precisamente leyendo Alrededor de la luna cuando entendí que el movimiento de rotación y de traslación del satélite tenían exactamente la misma duración. Más tarde para mí llegaría Pink Floyd y su Dark Side Of The Moon, en mi personal viaje por el rock sinfónico. También Mike Olfield y su Moonligth Shadow y el suave Moon River cantado, casi susurrado, por Audrey Hepburn.

Mucho ha cambiado el mundo desde aquellas misiones Apolo. Por aquel entonces, los multimillonarios estadounidenses pagaban impuestos y tampoco es que carecieran de ánimo de lucro, pero no era tan descarado como el que impulsa a la infame casta de los actuales. Los 80 mundos son, obviamente, los de otro Julio, Cortázar, cuya memoria de escritor luminoso conservo en ese acervo cultural en el que todo está interconectado, como los astros del universo, por fuerzas siderales tan antiguas como el Big Bang.

Quizá sólo sea producto de mi imaginación de lector juvenil que aún me desvela por las noches con algún libro entre las manos, o de esa luz de luna que penetra por la ventana del dormitorio, como tantas veces a lo largo de una vida; como el ciclo de las estaciones y la vuelta al mundo en ochenta días o la vuelta al día en ochenta mundos. Tal vez nada haya cambiado y esas constantes siderales se reproduzcan en otras escalas telúricas. La estupidez humana y la insensatez no han sido erradicadas de la especie humana, al contrario, la historia parece haber acelerado su curso hacia un nuevo abismo... al menos mientras unos perversos descerebrados sean los que marquen la derrota de esta nave sin rumbo que es la nuestra, la de los seres que habitamos este planeta aquí y ahora, sin posibilidad de escapar hacia el espacio sideral en busca de nuevos mundos habitables.

Suscríbete para seguir leyendo


© La Opinión de Murcia