La flor de la canela
Una sanitaria durante la huelga de médicos frente a la Consejería de Salud. / Juan Carlos Caval
«¿En qué momento se había jodido el Perú?», pregunta Zavalita en Conversación en la Catedral. No preguntaba Mario Vargas Llosa exactamente por el Perú, que también; era más bien un ¿cuándo se jodió todo? Podemos traducirla al acervo común por ¿cuándo perdimos el norte? Combinada la expresión con otra muy frecuente hace años, el sur también existe, tenemos una auténtica desorientación geográfica predicable de tribulaciones contemporáneas. No hace falta ser Sócrates redivivo para percatarse del desconcierto general. ¡Veamos!
Los médicos, soliviantados por las penosas condiciones laborales que arrastran desde hace más de treinta años, recurren a la huelga. ¿He dicho treinta? Uno de mis mejores amigos es médico de Familia. Pasó las de Caín hasta conseguir una plaza de titular cuando la Medicina de Familia empezaba a sustituir a los médicos de Cabecera; o el MIR interrumpido tan absurdamente que no desmerecería una de las Historias de la puta mili de Ivá en El Jueves. Las guardias de 24 horas y su prolongación en la jornada habitual daría para más de una comedia de Berlanga o de Miguel Mihura.
Hace dos días, como quien dice, el país reconocía el esfuerzo de los médicos durante la pandemia, pero la precariedad de sus condiciones laborales es para sacarle las vergüenzas al país. El eufemismo de personal estatutario sirve para excluirlos del régimen laboral, pero también del funcionarial. Sin embargo, los casos de desprecio al paciente de algunos médicos no casan con la imagen que guardo en la memoria de mi infancia. El paciente que cambiaba su acento huertano para referir sus dolencias al doctor se correspondía con respeto del sanitario, serio, profesional, riguroso. Después de la revisión de la garganta con la espátula de madera (¡aaag!, todavía me desagrada cuando lo recuerdo) y la auscultación con el fonendoscopio, el pediatra te saludaba cariñosamente y te decía ¡ale, majo, que te vas a poner bueno muy pronto! Tú, que querías estar malo unos cuantos días más para seguir faltando a clase, salías de la consulta con una sensación agridulce, pues no sabías si el médico estaba compinchado con el maestro y los dos con tu madre, que te iba a tomar la lección mientras faltaras.
No, cualquier tiempo pasado no fue mejor, pero teníamos unos códigos de conducta a los que llamábamos educación, que parece faltar tanto entre los que no la tienen académica y los que debieran tenerla a pesar de la Academia. Aquel Estado en el que vivíamos tenía tanto de paternalista como de cuartelario y los crímenes que contaba El Caso no eran más truculentos que los que cuenta el telediario. Los abusos de las grandes compañías y las corrupciones de los políticos no se conocían, pero existían. Igual que la estulticia de algunos mandamases, como el ministro José Solís que era de Cabra y preguntaba para qué servía el latín, a lo que el rector de la Complutense, Adolfo Muñoz Alonso, respondió «para que a su excelencia le llamen egabrense y no otra cosa más fea».
No es menos evidente la estulticia en la clase política. El crecimiento de la extrema derecha, heredera de aquel rancio tardofranquismo, parece complacer a una derecha que aún no ha entendido que la dictadura pertenece a un pasado de indigno recuerdo, que bastante tiene con las élites socioeconómicas que aún perviven. Alguna fundación filantrópica, que aún conserva el nombre de un sufragista del golpe de Estado del 36, no necesita hacer elogios a su fundador. La hija de un funesto psiquiatra del régimen, conocido como el Menguele español, tampoco necesita hacer apología de su padre en los concursos de cocina de notable éxito televisivo. No les pedimos rendición de cuentas, en una democracia cabe todo el mundo.
¡Qué decir de la izquierda!, aun perdida en luchas cainitas y dogmáticas, tan estériles como aquellas que enfrentaron al bando republicano en la Guerra Civil o en la más reciente Transición. Cuando un notable convoca una mesa redonda para hablar del futuro de la izquierda, dicen que no acudirán porque no han sido invitados. ¿Hace falta invitación a un coloquio abierto? ¿Para qué adjetivar el nombre del partido con unida o unidas cuando los recelos y personalismos egocéntricos provocan la desunión? Coaliciones imposibles por la disputa de la cabeza de lista cuando el federalismo se conoce a las mil maravillas y sabemos que en la democracia ateniense se utilizaba el sorteo para la designación de algunos arcontes.
«¡Ay! deja que te diga moreno mi sentimiento,
a ver si a así despiertas del sueño,
del sueño que entretiene moreno
tu pensamiento, aspira de la lisura
que da la flor de la canela...»
Chabuca Granda compuso La flor de la canela en el año 1950. La canción hace referencia a un mito vegetal muy extendido en el Nuevo Mundo hispano. Si la canela olía tan maravillosamente, cómo debía ser la flor. El tesoro de la lengua castellana de Covarrubias refiere la expresión como sinónimo de perfección, excelencia. Pero aun siendo hermosa la flor, lo más valioso se extrae de la corteza del tallo. Por cierto, la mejor es la de Ceilán y dejémonos de tonterías.
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