Buitres sobre los campos de batalla
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen. / Christophe Petit / EFE
«La Unión tiene como finalidad promover la paz, sus valores y el bienestar de sus pueblos.»
-Artículo 3 del Tratado de la UE .
En las guerras antiguas, antes de caer la noche, habían volado los buitres sobre el campo de batalla. Víctor Hugo describe un panorama dantesco en Waterloo, todo sembrado de cadáveres, pero los buitres que sobrevuelan en Los Miserables no son alados, sino siniestros saqueadores de cadáveres en busca de cualquier cosa de valor. Entre ellos, el posadero Thénardier que dice haber salvado la vida de un oficial malherido, que despertó cuando estaba siendo registrado por el carroñero.
Las guerras modernas han sofisticado los medios, que no los fines. La primera Guerra del Golfo, de la que hablábamos la semana pasada, contó con el beneplácito de Naciones Unidas, pero no por ello fue más justa. El negocio del petróleo justificaba implícitamente el restablecimiento del orden mundial. La segunda guerra era más espuria, porque la tenencia de armas de destrucción masiva resultó ser falsa. Pero detrás de esa excusa estaba el verdadero interés norteamericano, pues Irak había firmado suculentos contratos para la explotación del crudo con Francia y Alemania, que quedaron sin valor después de la invasión y caída de Saddam. Las petroleras norteamericanas e inglesas se repartieron el pastel mientras nuestro país se llevaba la presidencia del FMI y una subdirección del Banco Mundial.
Me pregunto si es legítima una causa bélica aparentemente justa que oculta un fin comercial o político fraudulento. Mi tribulación del año 91 la resolví declarándome objetor de conciencia. Quiso el destino que la prestación social sustitutoria fuera en el campamento de refugiados bosnios de La Manga. Allí conocí las consecuencias de otra guerra no menos indecente en su causa, la lucha por el poder en Yugoslavia después de Tito. Los horrores que me refirieron algunos refugiados afianzaron mi pacifismo militante.
Ursula von der Leyen dice que la UE no puede ser guardiana del antiguo orden mundial, que en el nuevo sistema internacional no hay reglas, como si las que nos hemos dado en el tratado fundacional de la UE no sirvieran, no ya como normas jurídicas y principios programáticos de la Unión, sino como axiomas éticos frente a los infames imperialistas que nos rodean, incluidos quienes considerábamos aliados hasta hace poco.
¿Ha olvidado la presidenta de la Comisión estos valores? La lectura completa del artículo 3 de la UE despeja las dudas sobre ellos. Cito algunos: el desarrollo sostenible del planeta, la solidaridad y el respeto entre los pueblos, la erradicación de la pobreza, la protección de los derechos humanos y el estricto respeto del Derecho Internacional, en particular los principios de la Carta de las Naciones Unidas. Sin olvidar la protección de la infancia, especialmente relevante ante la vileza de Trump y Netanyahu, que añaden otro baldón a su oprobio: asesinos de niños.
Es cierto que no debemos llorar por el régimen tirano de los ayatolás, pero sí por las niñas que fueron asesinadas en su colegio de Teherán por un misil norteamericano lanzado por los quienes sólo piensan en su propio negocio y su ego elefantiásico. La guerra es un negocio para EE UU, que ha incrementado sus exportaciones en más de una cuarta parte en el último quinquenio y copa más del 40% del mercado mundial de armas (fuentes del Instituto para la Paz de Estocolmo). Sin llegar todavía al 5% del PIB que exige a los aliados de la OTAN, Europa ha incrementado sus importaciones de armas en más del 200%. Pero claro, Francia es el segundo proveedor mundial de armas y Alemania e Italia no están muy lejos.
Los buitres de la guerra ya no aparecen sobre los campos sembrados de cadáveres después de la batalla. Hacen abyectos negocios desde sus lujosos despachos. Los combustibles subieron desde el primer minuto de la guerra. Inflar el precio del producto que se compró en la paz con los precios de la guerra se llama malversación para alterar el precio de las cosas y es delito, pero claro, tendríamos que encarcelar a honrados empresarios, tan diligentes en la depravación de sus negocios como en su iniquidad.
Por esas y otras razones, prefiero un presidente que diga no a la guerra y estoy con él cuando prohíbe el uso de las bases en una guerra imperialista para beneficio del infame presidente norteamericano y el genocida israelí. Estoy con el presidente de mi país cuando se muestra firme con los valores de la Unión Europea, por la defensa de la paz, de los derechos humanos y del Derecho Internacional, por la solución pacífica de los conflictos y frente a la ignominia de los buitres de la guerra, por muy poderosos y amenazantes que sean. La dignidad no es servil ante el poderoso. Los principios no se venden por dinero ni se pierden por miedo.
¿Hemos olvidado las mentiras de Aznar en la guerra de Irak? ¡Ah, no! ¡Fue una misión de paz! Pero la foto de las Azores no fue un montaje de la IA, como tampoco la vileza de Trump cuando amenaza las fronteras de sus propios aliados, ¿o hemos olvidado sus pretensiones sobre Groenlandia?
Tengo la convicción de no estar sólo en este empeño, de ser una gota en el mar de ciudadanos españoles y europeos que gritan fuerte ¡No a la guerra!
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