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El bigote de Paca

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17.05.2026

Comulgantes en 1958. / Archivo TLR

Mayo, el mes que en ocasiones marcea y, pese a ello, es toda una promesa de luz radiante que parece iluminar la memoria para devolvernos a la infancia perdida. El mes de María trae aromas de azucenas e incienso. ¿Cómo olvidar el día más feliz de nuestra vida? La primera comunión quedó grabada para siempre en lo más profundo de nuestro ser, sobre todo cuando las sienes se muestran plateadas y la comunión de hijos y nietos hacen reverdecer el propio acontecimiento en la vida de cada cual. Es inevitable, al mirar el consabido y obligado álbum de fotos, un tesoro de aquella jornada, volver a ver las caras de quienes ya partieron de este mundo: padres, abuelos, familiares, amigos vuelven a la vida de forma emocionada con tan sólo una breve una ojeada.

Fue aquel día de mi primera comunión, en mayo de 1960, al salir de casa hacia la capilla del Seminario de San Fulgencio. Al abandonar el viejo ascensor de maderas de estilo colonial de la acreditada y madrileña firma Boetticher y Navarro, vistiendo mi trajecito de marinero y sintiendo aún la tensión capilar provocada por el efecto fijador del limón aplicado por mi señora madre en mi........

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