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Banderita

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14.03.2026

El presidente de EE UU, Donald Trump, durante una rueda de prensa. / Alex Brandon / AP

Tendría que bastar un «No a la guerra» para unirnos todos. Como si fuera un «No al cáncer». ¿Si no estamos juntos en eso en qué lo vamos a estar?

¿Si no nos parece un horror lo ocurrido en Gaza, qué nos conmueve, a qué decimos no?, exclamó el polifacético y humanista José Luis Villacañas en su querida Murcia esta misma semana.

Su amigo y también filósofo Santiago Alba Rico se atrevió a titular un libro España para narrar nuestra división perpetua. En un ejercicio de síntesis ilustró la portada con un banderín amarillo. Explicaba que la única forma de ponernos de acuerdo es elegir banderines de colores en las fiestas en vez de banderas afiladas, excluyentes y ceñudas.

Si fuera así, el también filósofo y todos nosotros estaríamos realmente de fiesta, pues hoy la enseña española ha ganado adeptos a tenor de la política de un Gobierno que nos hace sentirnos orgullosos por situarse, ciertamente, en el lado bueno de la historia.

Eso sí, cuando, por una razón espuria o por otra tan noble como estar a la vanguardia en la defensa del diálogo y la paz internacional, todos parecemos estar de acuerdo, saltan de nuevo los supuestamente más patriotas y recriminan que sus supuestos antagonistas utilicen la bandera como ellos lo han venido haciendo.

Más allá de los trapos y de la Trapería. De si la tengo más grande o no. Lo realmente importante es que en todos los momentos de la historia en los que España se ha situado en la encrucijada, los supuestos amigos de la patria se han situado junto a sus enemigos.

Hete aquí, que no hay actualmente mayor amenaza mundial que la que representa Trump tanto por sus aranceles como por sus bombas, con referencias constantes a la osada España. Adivinen dónde se sitúan los de la banderita, capaces de que si todos decidimos hacerles frente portándola en nuestra muñeca la cambien por una de barra y estrellas. Eso sí, les vendría al pelo pues a barra y estrellados no les gana nadie. ¡No a la guerra! Y sí, por supuesto, a Villacañas y Alba Rico. Léanlos.

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