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La luz roja del atardecer

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18.04.2026

Tumba de soldado francés caído en Verdún (1916)

Esopo nació esclavo. Era feo, horrible. Su cabeza parecía una gran monte calvario, deforme, sin pelo, poblada de bultos y llagas. Mudo de nacimiento, nunca se comunicó más allá de gestos y señales. Inútil para los trabajos propios de una ciudad, fue transferido al campo, para cuyas labores era sólo un poco más apto. Su gran inteligencia y su bondad pasaban desapercibidas. Los demás esclavos lo vejaban, le atribuían a él las faltas que ellos cometían. Así eludían los castigos. Parecía inferior a cualquier animal.

Un día el muy desventurado se comportó bondadosamente con una sacerdotisa de Isis, entonces recibió de manos de la propia diosa el don del habla. La palabra lo rescató de entre las bestias. Así enseñó a la humanidad grandes cosas, remedió nuestra insignificancia haciendo que otros seres más insignificantes aún hablaran y se expresaran, ya fueran animales o plantas, que contaran historias llenas de verdad y consuelo. Dicen que fue digno de sentarse a la mesa con Solón y que de entre los griegos, resultó uno de sus mayores sabios.

—Un esclavo es una herramienta puesta ahí para nuestro servicio, que está dotada de vida........

© La Opinión de Murcia