La luz roja del atardecer
Tumba de soldado francés caído en Verdún (1916)
Esopo nació esclavo. Era feo, horrible. Su cabeza parecía una gran monte calvario, deforme, sin pelo, poblada de bultos y llagas. Mudo de nacimiento, nunca se comunicó más allá de gestos y señales. Inútil para los trabajos propios de una ciudad, fue transferido al campo, para cuyas labores era sólo un poco más apto. Su gran inteligencia y su bondad pasaban desapercibidas. Los demás esclavos lo vejaban, le atribuían a él las faltas que ellos cometían. Así eludían los castigos. Parecía inferior a cualquier animal.
Un día el muy desventurado se comportó bondadosamente con una sacerdotisa de Isis, entonces recibió de manos de la propia diosa el don del habla. La palabra lo rescató de entre las bestias. Así enseñó a la humanidad grandes cosas, remedió nuestra insignificancia haciendo que otros seres más insignificantes aún hablaran y se expresaran, ya fueran animales o plantas, que contaran historias llenas de verdad y consuelo. Dicen que fue digno de sentarse a la mesa con Solón y que de entre los griegos, resultó uno de sus mayores sabios.
—Un esclavo es una herramienta puesta ahí para nuestro servicio, que está dotada de vida (es un órgano), y puede hablar (instrumentum vocale).
Los antiguos siempre amaron la grandeza, pero raras veces conocieron la piedad.
Joseph Merrick fue rechazado por su familia. Exhibido en las ferias por su aspecto horrible, a todos parecía un ser monstruoso, más elefante que hombre. Y sin embargo, era amable, dulce e inteligente. Lloró la primera vez que una mujer estrechó su mano.
Por un puñado de rosas
Lucio perdió su forma humana. La cercanía con las brujas y una vida de pecado no conducen a nada bueno. Fue transformado en burro, y con forma de asno hubiera muerto, maltratado por todos, ofendido por todos, con un dolor mudo, silencioso, tan inadvertido como profundo y desgarrador, si la diosa Isis no se hubiera apiadado de él ofreciéndole sus rosas sagradas para que las comiera y quedara vencida la maldición. Se presentó ante él y dijo: «Yo soy Isis». Por la bondad de aquella que amaba maternalmente a todos las criaturas, el pecador recuperó su humanidad y se consagró a la divina madre.
Era asombroso, todos lo despreciaban. A Gregor Samsa no le parecía que estuviera tan mal, sí que había adquirido una forma curiosa a lo largo de la noche. Pero ahora se sentía distinto, fuerte, confiado. Sin embargo, su voz, su figura, todo su ser, al parecer, resultaba abyecto para los demás. El extraño acontecimiento transformador no parecía exactamente un milagro. Pues si los milagros era buenos, aquello traía una profunda intranquilidad a quien le miraba, como si todos compartieran la misma idea insensata, según la cual, no era más que un insecto repugnante, incapaz de inteligencia y de sentimientos.
Tersites tomó la palabra en la asamblea, con los demás caudillos de armas y esforzados capitanes. Ya habían muerto muchos ante los altos muros de Troya. Él no era de casa real alguna, ni comía con los grandes, aunque había estado en todas las acciones, en los saqueos, en las batallas. Dijo que quería morir en casa, llegar a viejo, que no deseaba caer a la vista de ojos extranjeros, que pelear era inútil, que la ciudad sitiada contaba con muchos recursos, que antes de rendirse los del asedio habrían ir al oscuro Hades miles de aqueos. Hubieran debido escucharle, a su tosca manera hablaba a favor de la paz. Pero era espantoso, sin duda el rostro más horrible de cuantos hombres desembarcaron en las playas enemigas. Bastó un golpe en la cabeza y otro en las espaldas para hacerlo callar, como se silencia a un siervo que ha sido impertinente, tan insignificante que no merece la pena matarlo, y que basta con convertirlo en objeto de burlas y risas.
—Calla, necio. Que de tu boca asquerosa no vuelva a salir palabra alguna, si no quieres que te desnude ante todos y que se rían de tus mal puestos genitales, pues eres el griego más feo de cuantos han venido aquí. Así habló Ulises, fecundo en ardides.
Todos rieron. Y la guerra continuó.
Tumba de soldado francés caído en Verdún (1916) / L.O.
La primavera de Marte
A veces se levantan grandes monumentos a los caídos en las guerras, los llamamos altares de la patria. A ellos llegamos después de pasar bajo un gigantesco arco de triunfo, bajo el cual también los vencedores agachan la cabeza. La llama encendida de un pebetero ilumina una lista con los nombres de los caídos. Una guardia de honor presenta armas permanentemente, noche y día. Espectáculo hermoso. Pero la mayoría de los muertos en las guerras yacen anónimos, sin adornos.
—Si no alcanzamos el honor de tener tumbas, ni urnas funerarias que nos guarden, el cielo será nuestra bóveda y la tierra entera nuestro mausoleo.
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