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El sueño del laberinto

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14.02.2026

'Ixión', José Ribera (1632) / 5

Parece un campo cerrado, al estilo de un bocage atlántico que hubiera quedado petrificado por arte de encantamiento. Durante la vigilia sólo son adoquines de un pavimento de piedra, toscos, cuadrados o vagamente rectangulares, desiguales. Pero forman una red en damero que se vuelve más confusa, si—como ocurre durante los sueños— descendemos y descendemos, hasta que la materia de los bloques se convierte en una pared elevada y nosotros ya no somos sino seres diminutos a su sombra. Desde este momento todo se transforma en una red de meandros, en un laberinto o en una gigantesca necrópolis de monolitos enormes, comunicados entre sí por una serie de callejuelas serpenteantes y ondulantes como irregulares dientes de sierra. Las hierbecillas que se abren paso entre los huecos se vuelven ahora enormes, como árboles centenarios, fantásticas secuoyas de una región mítica, creciendo por entre las ruinas abandonadas y mudas de aquel cementerio de gigantes, cuya raza extinta hace milenios, fue incapaz de dejar inscripción alguna que testimonio diera sobre quiénes fueron, qué hicieron y por qué.

La música de las esferas

Pascal contempló la infinitud muda y fría que envolvía la Tierra, esfera de roca, barro y agua, dando vueltas silenciosamente alrededor del sol. Tanto pavor sintió, que tuvo que arrojarse en brazos de Dios para no morir. Nietzsche, sin embargo, sonreía. Pensaba en el universo centelleante preñado de estrellas, y cómo en él a duras penas se reconocía una lucecita en la inmensidad sideral. Era la Tierra, un diminuto planeta poblado por una raza inteligente que descubrió el conocimiento. Hablaba como un profeta y contó cómo aquel instante de arrogancia duró lo que un parpadeo. El sol que daba calor al minúsculo planeta, a cuyo derredor orbitaba, se extinguió, la Tierra oscureció y se convirtió en un mundo inerte. A su alrededor continuaban brillando innumerables estrellas. Del conocimiento no quedó ni rastro.

— Lo demás es silencio.

La oscura multitud de un ejército avanza sobre la tierra

En tiempos antiguos una plaga devastadora despobló la isla de Egina. Eaco suplicó ayuda a Zeus para que su reino no se convirtiera en un desierto, sin nadie a quien gobernar. Entonces el padre de los dioses y de los hombres, el Inmortal Cronida, tomó a las hormigas que estaban por doquier y les dio forma humana. Así nacieron los mirmidones. Los nuevos súbditos resultaron leales, esforzados, valientes soldados y guerreros famosos.

Séneca, en sus Cuestiones Naturales, hablaba de la Tierra, de su esfericidad y de su ubicación entre las innumerables luminarias y astros que pueblan el cielo. Decía que los hombres levantaban fuertes y castillos, alzaban defensas, muros y empalizadas para fronteras que nos parecen enormes, como el Rin o el Danubio. Sin embargo, desde las alturas celestiales, toda grandeza resulta insignificante.

—Si los insectos tuvieran inteligencia humana también trazarían límites imaginarios sobre espacios diminutos y les darían el nombre de imperios y reinos. Así decía.

Eaco tuvo un nieto que también fue rey de los mirmidones. Homero canta cómo los llevaba en sus naves. Se llamaba Aquiles. Y derribó los altos muros de Troya con un ejército de vulgares hormigas.

Vencidas y humilladas

Agotadas de amor mientras son jóvenes, molidas a palos cuando son mayores, y finalmente abandonadas como bestias en los caminos.

Así describe Gustave Flaubert, en su novela de 1862, Salammbó, la suerte de las mujeres convertidas en botín de guerra durante la rebelión de los mercenarios contra Cartago en el siglo III antes de Cristo, después de la primera guerra púnica. En 2014, Nadia Murad, una de las esclavas del Estado Islámico retenidas en Mosul, contó la historia de su cautiverio, un relato de dolor y humillación.

La humanidad discurre semejante a sí misma a lo largo de la Historia.

'Ixión', José Ribera (1632) / L. O.

Sobre Ixión, rey de los lapitas, recayó la mancha de una culpa sacrílega. Deseó seducir a la inmortal Hera de níveos brazos, pero Zeus, el esposo tantas veces burlador, no quiso ser burlado. Construyó un doble de la diosa formado con nubes y vapores, y a aquel espejismo de luz y agua lo llamó Nefele. Ixión la amó por error, de su abominable semilla nacieron los centauros, seres salvajes y crueles, procaces y violentos. Descubierto el delito, fue encadenado a una rueda de fuego que gira eternamente en los Infiernos.

Los antiguos creían que el agua y el aire, sometidos a humedad y calor, podían alterar la visión de las cosas. En determinadas circunstancias la especial condensación de los vapores hacía que personas con la vista enferma o débil contemplaran su cuerpo reflejado en el aire, y por así decirlo, caminaran confundidos para darse de bruces contra su reflejo.

—Ven su propia imagen por doquier y se imaginan que salen al encuentro de sí mismos.

Pero todo es engaño y error.

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