Compartir piso degrada
Qué tiempos estos, que diría Bretch, en que hablar de la Luna es casi un crimen, pues implica callar sobre tantas maldades. Callar sobre una guerra que continúa pese a la tregua. Ante los bombardeos sañudos de un Israel desencadenado que han provocado más de 250 muertos civiles en Beirut en un solo día; o frente a un régimen de ayatolás que bajo la metralla afianza su teocracia de opresión. Sin olvidar a un Trump a la deriva del que aún cabe esperar lo peor. También supondría enmudecer, cómo no, ante la corrupción casposa de un Ábalos verdugo de causas nobles, o tramas parapoliciales, como Kitchen, creadas en tiempos de Rajoy para espiar y destruir pruebas de la Gürtel. Nos hubiera gustado hablar hoy de ese evocador viaje a la cara oculta de la Luna de Artemis II; incluso haber recordado aquella noche de julio de 1969 en la que, siendo críos, vimos alunizar, asombrados, a ‘tres hombres’ que dejaron allí un loable mensaje: «Venimos en paz de parte de toda la humanidad». Pero hubiera sido una ligereza.
En la pobreza no hay virtud alguna. Puede que la tuviese en los siglos de los frailes mendicantes. Cuando la gente iba vestida de saco de arpillera y gozaba de prestigio pasar hambre para elevar -estragado- el espíritu. Porque se vivía para la otra vida y no para esta, que sólo era «una mala noche en una mala posada» (Lope de Vega). En la actual sociedad de consumo la falta de recursos básicos crea almas torcidas. Es muy difícil que alguien se sobreponga moralmente a haber pasado severas privaciones. Por eso es monstruoso que el Régimen que tiene el poder en España romantice la pobreza. Que en las teles aseguren que, por ejemplo, compartir piso con desconocidos es bueno. Vivir indefinidamente en un cuarto con dos maletas es una puta mierda, siempre. La pobreza no hace bueno a nadie. Degrada a la entera sociedad. Ya lo dijo el cineasta anarquista Buñuel: el pobre no está obligado a ser honrado.
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