Un murciano de pro
Jean-Luc Mélenchon, en una imagen de archivo / EFE
Era una costumbre que comenzaba a finales de junio, cuando acababa el colegio y mi hermana y yo nos trasladábamos al pueblo con mis abuelos maternos mientras nuestros padres trabajaban. Lo hicimos durante muchos años, establecernos allí con ellos en las vacaciones escolares, primero como niñas ajenas a la fatalidad y después como atormentadas adolescentes huérfanas de madre, hasta que empezamos la universidad. Y durante todo ese tiempo, los veranos que allí pasamos, ese hábito se mantuvo, hasta el punto de que, al mudarnos a Madrid con mi padre, asumí que también lo vería en las calles de esa gran ciudad a la que solo íbamos en Navidad y donde el tren al que por alguna extraña razón llamaban metro circulaba al revés, como dijo mi hermana la primera vez que tuvo que cogerlo sola para ir al colegio y acabó perdida. Pero no fue así, al caer la tarde, el sol a punto de ocultarse, cada día dos minutos antes desde el 21 de junio, fecha del solsticio de verano y día en el que mi hermana y yo descubrimos que las madres se morían, los habitantes de Madrid no salían a las puertas de sus casas, silla plegable en mano, para tomar el fresco, como sí hacían en el pueblo los vecinos, lo siguen haciendo algunos, aunque muy pocos ya, en las calles en las que aprendí a montar en bicicleta y a saltar a la comba ahora apenas hay gente, ni siquiera niños, únicamente coches.
Estas últimas semanas, sin embargo, al sacar a pasear a Turrón al final de la tarde, he podido comprobar que muchas personas mayores que probablemente llevan viviendo en Madrid toda su vida, aquí nacieron y aquí morirán, acuden a esa hora a los parques con el mismo propósito con el que mis abuelos se colocaban a la puerta de su casa, sobrellevar el calor y la soledad. Se sientan en los bancos o alrededor de unas mesas de madera en las........
