Guerra intergeneracional Z
Guerra intergeneracional Z / L.O.
Las redes sociales están llenas de testimonios como este: «Cuando mi abuelo cumplió 21 años, se compró una casa de 200 m² por 50.000 pesetas (300 euros). Allí sacó adelante a su mujer y a sus siete hijos, gracias a un empleo estable que le permitió llevar una vida apacible hasta los 97. Yo, con 35, tengo dos trabajos precarios para llegar a fin de mes, pago casi mil euros de alquiler por un piso compartido y ni siquiera puedo tener un gato porque el casero no lo permite. Últimamente tengo problemas de estómago por el estrés y el médico me ha mandado una colonoscopia. Esperemos que no sea nada».
Vivir peor que los padres
Existe una tensión creciente entre la generación de los boomers y la de los millennials/Z. Los babyboomers (nacidos entre 1946 y 1964) constituyen el 26% de la población española y, según la Encuesta Financiera de las Familias, concentran un patrimonio neto de cuatro billones de euros, el 65% de la riqueza nacional. En cambio, los menores de 35 años, que suman el 37% de la población, apenas reúnen el 2% de esa riqueza. La crisis de la vivienda y la precariedad laboral alimentan esta guerra entre dos bloques: el de los propietarios pensionistas y el de los jóvenes asalariados, forzados a destinar hasta el 80% de su sueldo en un alquiler que se ha convertido en una condena temporal vitalicia.
La obra de teatro La Nona constituye la quintaesencia del conflicto intergeneracional. Esta joya fue escrita por el argentino Roberto Cossa y se estrenó en Buenos Aires en 1977. La trama transcurre en una modesta vivienda donde convive una familia de seis: el padre con su esposa y su hija, el hermano de este, la tía y la Nona, es decir, la abuela.
Todos se quieren y se tratan con cortesía, pero desde el comienzo el espectador es consciente que hay un personaje cuyo poder gravitacional actúa como un agujero negro que lo engulle todo: la Nona. No hay ni un solo minuto de la representación en el que la abuela no esté comiendo: fiambre, queso, aceitunas, pan, vino, asados, sopa, dulces.... Su apetito es insaciable y devora los recursos y la energía de toda la familia.
-Nonita, la de la mirada dulce… Esos ojos que han visto nacer árboles y morirse para volver a nacer -dice el personaje de Chicho, el tío.
Con cien años y una salud de hierro, la voracidad insaciable de la anciana amenaza la supervivencia del resto de la familia, que empieza a fantasear con todo tipo de ideas perversas: sacarle todos los dientes para que así no pueda comer, ingresarla en un centro de dudosa reputación, envenenarla…
Pero mientras ellos trazan planes, la Nona sigue tragando y tragando. Es como una plaga que lo arrasa todo. La ruina es tal que el padre tiene que vender el puesto de comida con el que se ganaba la vida y los muebles de la casa. La nieta se ve obligada a prostituirse y todos terminan desnutridos, explotados, enfermos o muertos. Todos menos la Nona que, insensible a la tragedia, sigue reclamando su fiambre, queso, aceitunas, pan, vino…
La tragicomedia de La Nona puede entenderse como una metáfora del capitalismo, un sistema insaciable que necesita cada vez más y que devora a quienes lo sostienen.
Pero, desde mi punto de vista, lo más interesante del texto es que pone de manifiesto que las condiciones materiales son esenciales para el desarrollo de una vida digna. Cuando la supervivencia se vuelve el único valor, la moral se degrada.
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Aburrimiento, pereza y polarización
Hoy, boomers, millennials y Z convivimos en lo que Antonio Gramsci denominó un ‘interregno’, ese periodo en el que «lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer», un escenario de crisis en el que afloran «una gran variedad de síntomas mórbidos» (Cuadernos de Guerra, 1930).
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