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Imagen de archivo de temporal de oleaje en Cartagena. / Loyola Pérez de Villegas
Confío en que no me hayan echado de menos. Me retiré antes de las fiestas porque el espíritu de Scrooge se había apoderado de este cuerpo y debía llevar esa dolencia en silencio, como las hemorroides. Más que nada para que no se me presentaran en casa los espíritus de las Navidades pasadas, las presentes y las futuras: ni tenía yo cama para tanta gente, ni mi ánimo estaba para tanto farolillo; así que decidí no hacer mucho ruido para que mi destino pasara de largo y poder tener la vida a mi libre albedrío.
Digo que confío en que no me hayan echado de menos porque tampoco han tenido tiempo para hacerlo. Que el tres de enero el deseo de «paz a los hombres en la tierra, de buena voluntad» se fuera por una ventana de Caracas rompe un récord; ni habíamos tenido tiempo de empezar la dieta y el gimnasio y ya parecía que iba a irse al carajo el mundo. «Paz», como nos recordaba Quino, puede ser una intención o una onomatopeya. Que las bombas en Caracas agrietaran el ya dañado edificio del orden internacional, eso es otro cantar. Y luego que si los juegos florales con Groenlandia, aunque ese lodo viene del polvo de la vergonzante actuación de la Unión Europea en Gaza.
Cuando ya estábamos por intentar enderezar el año, vino la tragedia de Adamuz y vivimos tres días de espejismo de política funcional, donde se respetaba el dolor de los muertos. Eso se acabó cuando empezaron a comparar al ministro del ramo —que, para entonces, ya había dado dos conferencias de prensa, una de ellas de dos horas y media con todas las preguntas contestadas— con un señor que estuvo desaparecido (como Albertine en las novelas de Proust) durante cinco horas en medio de las peores inundaciones de Valencia que se recuerdan y que, desde entonces, había mentido varias veces sobre el qué, el cómo, el cuándo y el dónde de sus circunstancias. Tanta mentira que, si las hubiera puesto por escrito de manera ordenada, podría haber sacado un buen libro de realismo mágico, si no fuera por la memoria de esos muertos, insultada por tanta desvergüenza.
Al inicio de febrero ya ha quedado claro que este año no lo arregla nadie. Con el Scrooge instalado cómodamente en la salita de mi corazón, tenía poquísima gana de volver a escribirles porque todo pasaba con tan inusitada rapidez que a todo llegaba tarde; pero el viento azota las ramas de los árboles y quiebra hasta las más venerables, arrojando al suelo nidos de polluelos perplejos. Están los pantanos colmatados tras siete borrascas de nombres decimonónicos y Aragón ha votado a gente que dice que todo esto que está pasando es mentira, mientras que en el otro lado del mundo se están desvelando cosas que pensábamos que solo pasaban en las mentes calenturientas de los conspiranoicos más conspicuos, que escriben posts en los foros como si fueran folletines. Y a la vuelta de la siguiente página del periódico, tenemos a la izquierda navajeándose mutuamente el bazo como si no estuviera pasando nada. ¿Volver? Ninguna gana, pero hay que hacerlo.
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