La gran revolución
Frase célebre de la poeta Concepción Arenal. / Emilio J. Marco
Pocas cosas son tan importantes, tan básicas y esenciales, en la formación del ser humano, del ciudadano, como aprender a leer. El mundo se ‘desnuda’ ante las palabras, nos acerca hacia su compleja y ambigua comprensión, se dilata en el horizonte creado ante la lucidez que nace en nuestros ojos descifradores. En la ceremonia de los Premios Nobel, el escritor perurano y español, Vargas Llosa, al recoger su galardón pronunció una de esas frases que harían historia y que, después, muchos hemos asimilado y hecho nuestra: «Leer es lo más importante que me ha pasado», esto ocurrió en el año 2010.
Ya saben que incluso la gran separación entre la prehistoria y la historia está supeditada a la aparición de los primeros documentos escritos. Conocido es que el origen de la escritura lo encontramos en la cultura mesopotámica, sobre el 3.500 a. de C. aproximadamente. Los sumerios comenzaron esta gran aventura, tan revolucionaria, para poder registrar transacciones y bienes. Éstas eran realizadas con cañas afiladas sobre tablillas de arcilla húmeda. Un origen meramente práctico que volaría, siglos después, tan alto como el alma humana, en cada momento, ha sido capaz de hacerlo. En Egipto se desarrolló, casi de forma simultánea, otro sistema de escritura; igualmente sucedió en la lejana China. Este invento supondría uno de los mayores cambios de todos los tiempos. Otra forma distinta ya de estar en el mundo.
En casa vivimos con dulzura y disfrute la novedad de la lectura en los labios de nuestro hijo mayor, de seis años de edad. Ha sido en los últimos meses cuando ha comenzado a soltarse en la lectura y escritura con minúsculas. El pequeño Alejandro anda descifrando, con fruición y empeño, carteles y anotaciones de nuestro entorno cotidiano que antes le eran, evidentemente, ajenos. También, consecuentemente, nos sorprende a nosotros al pronunciar -con emoción- algo en lo que sus ojos curiosos han reparado y que, para nosotros, por acostumbrados, pasa desapercibido.
Habitamos una casa singular, relativamente grande y muy mimada en su restauración y conservación. Una vieja casa que perteneció a mis abuelos maternos y que mezcla, en su configuración, espacios de corte popular con otros de antiguo aire señorial. Tras el muro posterior de la misma, se encuentra un patio ajardinado que es, en gran medida, el corazón de la casa. Cubierto parcialmente por una parra, esta especie de hortus conclusus es el escenario de fiestas, encuentros familiares y, en ocasiones, también de pequeños conciertos o teatros entre amigos o conocidos. El suelo del patio está dibujado por un empedrado de canto rodado blanco, salpicado éste por numerosas estrellas cerámicas de ocho puntas, algunas en su color original de terracota; otras esmaltadas en azul y blanco que contienen frases célebres, diversas. Pues bien, hasta ahora este patio estrellado había servido para que mi hijo jugara a saltar de estrella en estrella sin más. Conocía, mi primogénito, que había letras en algunas de estas cerámicas, pero nunca había mostrado interés por esta singularidad de su casa. La semana pasada, mientras yo trabajaba en el patio, el corazón me dio un vuelco cuando le oí decir: «Abrid escuelas y se cerrarán cárceles...». Entre todas las citas que guarda el patio, por algún motivo azaroso, mi hijo eligió esa frase, de la gran intelectual del siglo XIX Concepción Arenal, para empezar a descifrar los «mensajes estrellados» de su patio de juegos. Evidentemente, fue casualidad, pero para mí fue una señal. Concepción Arenal es una de esas mujeres titanes de nuestra historia, quizás un tanto olvidada. Gran intelectual (estuvo asistiendo a la facultad de Derecho vestida de hombre para poder estudiar), firme defensora de los derechos de la mujer y de la importancia de la educación. De forma sencilla le dije a mi hijo que esa frase la pronunció una mujer que ya había muerto y que luchó mucho por aprender y por demostrar que el estudio es el camino correcto para hacernos mejores.
Este año soy tutor de un grupo de primero de la ESO complicado. Un grupo de alumnos que, en su mayoría, no tienen un entorno social ni familiar que favorezca la dedicación e importancia que el estudio merece. Alumnos que presentan problemas graves en aspectos básicos del desarrollo de la lectoescritura, pero también en sus comportamientos sociales y afectivos; en su forma de entender y estar en el mundo.
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Quiero pensar que esa gran revolución que comenzó hace miles de años, en lejanas tierras, sigue siendo más urgente que nunca. Como dice la escritora y filóloga Irene Vallejo en su maravillosa obra El infinito en un junco: «La lectura, como una brújula, le abría los caminos de lo desconocido». Pues eso, queridos lectores, ayudemos siempre a nuestros pequeños a leer las estrellas que les alumbran.
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