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Charlas de Bar | Racistas

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05.04.2026

Lamine Yamal en el amistoso contra Egipto. / Alberto Estévez / EFE

—Fíjate, tanto pregonar que España no es un país racista, y lo visto en el fútbol parece que lo desmiente. Mira el espectáculo que dimos el otro día en Cornellà, en el partido de la Selección contra Egipto, ante el mundo entero. ¡Qué bochorno!

—Pues perdóname que discrepe y matice. España no es un país racista. En, como en cualquier otro país, hay racistas.

—Ya estamos relativizando, Casimiro. Según tú, somos un país como otro cualquiera y los racistas son algo con lo que hay que aprender a vivir. No podemos aspirar a ser diferentes en un mundo de racistas. ¿Eso es lo que defiendes?

—Yo no estoy relativizando, Juan. El racismo, sin entrar a valorar, de momento, es una constante. Es cierto que hay culturas más racistas y otras más tolerantes.

—No me negarás que es mejor que en tu país haya tolerancia y buena avenencia en lugar de racismo y marginación. El racismo envenena, dificulta la convivencia. El racismo, coincidirás conmigo, es la puerta que lleva a la violencia.

—Sí, en eso estoy de acuerdo.

—Y sin embargo dices que el racismo es una constante. Vamos, que es inevitable.

—En cierto modo, sí. Sería caer en el buenismo creer que el racismo se puede erradicar.

—Pues si eso no es justificar el racismo, Casimiro…

—Pues no. Ni lo justifico ni lo contrario. Digo que el racismo es una realidad. Pero también que se puede actuar para que no campe por sus respetos. Por ejemplo, el otro día se tenía que haber parado el partido. Y si los racistas seguían con sus letanías, suspenderlo. Lo que no puede hacer alguien cabal es justificarlo o quitarle importancia, como por cierto hizo nada menos que el presidente de la Federación Española, el tal Louzán.

—Bueno, vamos estando de acuerdo. Me estabas preocupando.

—Lo que yo sostengo es que en España hay racistas. Eso es un hecho. No sé cuántos, pero sí parece que en el mundo del fútbol hay muchos, por lo que se va viendo en los estadios. Y el racismo, como tantos otros males, es contagioso. Hay mucha gente que no empezaría a gritar, pero si en la grada se ve como normal insultar a un negro o a un musulmán, pues sí se sumarán a los cánticos por sentirse parte de la masa. Y es ahí donde hay que actuar para evitar engordar la bicha, creo yo.

—Exacto. Al día siguiente los de Vox se niegan a condenar los cánticos racistas. Es más, los justifican diciendo que responde a "la islamización de España", que ellos dicen que está en marcha. Además su portavoz de deportes dijo sentir orgullo por esa afición que acudió al partido. Eso es puro fomento de la xenofobia.

—Así es; un día sí y otro también, en toda Europa, la extrema derecha está fomentando "sin complejos" el odio al diferente y ese discurso prende más en la gente que tiene las cosas difíciles, sobre todo el trabajo precario y problemas para comprar o alquilar una casa. En una palabra, el descontento por las condiciones de vida es el terreno abonado para que si nos señalan un culpable, el extranjero que nos invade, la xenofobia esté asegurada. Y todos llevamos un racista dentro, que es lo que quería decir al principio. Que suele estar dormido hasta que alguien se empeña en despertarlo. Y últimamente hay muchos despertadores por ahí sueltos.

—No, no estoy de acuerdo con eso de que en todos nosotros haya un racista dormido. Hay racistas bien despiertos y otros a los que no les despiertas ese racista que tú dices ni haciendo sonar cien trompetas.

—¿Me dices que nunca has sentido irritación cuando oyes hablar en una lengua que no entiendes o que no te pones un poco en guardia cuando se te acerca de pronto alguien que te parece extranjero?

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—Lo que a mí me preocupa no es que quien se me acerque sea extranjero, sino las intenciones con las que se me acerca. Tan peligroso puede ser un musulmán como un cristiano.

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