Orillas
Hay un momento en que uno deja de decir las cosas como siempre. No sé en qué báscula ocurre eso ni quién la coloca entre dos personas que se han querido bien, pero desde las palabras que visten la realidad tienen otro peso. Uno ve el nombre en la pantalla y lo mira como un animal prehistórico. Antes se tocaba sin pensar; ahora parece que pudiera romperse. No ha pasado nada grave, y sin embargo la aguja se ha desimantado.
Las grandes desgracias tienen argumentos, y una gramática sobria, se explican solas. Esto no. Sucede un martes sin historia, con una bolsa de naranjas en la mano. El teléfono vibra y uno entiende que hay personas a las que antes llamaba por instinto y a las que ahora necesita justificarse, como si cada llamada tuviera que cruzar un filtro nuevo. Quizá sea por el rollo de la justificación. En el amor se invade mucho y se perdona casi todo. En la........
