La cara de tonto que se nos queda
La cara de tonto no espera al juez. Llega cuando uno lee el titular y siente que algo viejo llama a la puerta. No sabe aún si aquello será delito, infamia o barro político, y conviene no fingir que lo sabe. Pero la mueca ya está ahí. Uno relee, busca una explicación, se agarra a la prudencia. Ojalá que no. Porque hay decepciones políticas que no estallan: supuran despacio en nuestra parte más confiada. Y hay biografías públicas que, cuando empiezan a oler a armario cerrado, no manchan solo un expediente: empañan una época.
Conviene decirlo sin espuma: una investigación no es una condena. La presunción de inocencia no puede ser una lámpara que encendemos para los nuestros y apagamos para los otros. Los jueces fijarán hechos y responsabilidades. Pero la vida pública no se agota en el Código Penal. El derecho decide culpabilidades; la democracia vive también de una autoridad moral que permite aceptar la........
