Alcaldesas, dolor y gloria
La alcaldesa de Cartagena, Noelia Arroyo, compartió mesa el pasado martes con su colega de Murcia, Rebeca Pérez, en la Jornada sobre Municipalismo organizada por La Opinión. / Juan Carlos Caval
La vida. Una toma la vara sin pedirla, tan solo por la fuerza de un respaldo conseguido mediante una ascensión lenta y silenciosa, aunque sostenida hasta hacer vibrar ahora a su núcleo político, herido por la prematura muerte de su más vigoroso líder electoral, y decidida a heredar de él no solo la plaza sino también las rentas de su popularidad. La otra, encaminada a su destitución por la implosión interna de su grupo coaligado. Dolor y gloria, que diría Almodóvar. La vida.
Cartagena no es una ciudad cualquiera
Cartagena no es una ciudad cualquiera. A efectos políticos, lo que ocurre en ella es equivalente a una capital de provincia. Por su densidad de población, por su ubicación estratégica, por su historia y por su leyenda. Y, sobre todo, por su potencial económico y social, que aúna los más diversos sectores de desarrollo y de proyección cultural. Por eso son tan relevantes las convulsiones políticas cartageneras, que trascienden más allá de la lógica local. Cartagena está en el mapa nacional, aunque esto, a veces, cuando los gestores se salen del tiesto, juega en su contra: atiéndase a la etapa en que un alcalde del mismo partido que ahora gobernará, se prodigaba en charlotadas. No es lo mismo que esto ocurra en Bollullos de la Viña que en Cartagena, es decir, que quienes dicen defenderla contribuyan a humillarla a los ojos del mundo.
Una extraña coalición
El gobierno PP-Vox, liderado por Noelia Arroyo, será dinamitado a diez meses de las próximas elecciones por una extraña coalición de Movimiento Ciudadano (localistas), PSOE, Sí Cartagena (originado por una escisión en el PSOE) y dos tránsfugas de la ultraderecha que con su fuga han disminuido a los abascales. Y digo coalición extraña porque los socialistas, que reprochan al PP de manera constante sus pactos con Vox hasta el punto de haber convertido ese mantra en el eje de sus políticas electorales, no tienen en Cartagena empacho alguna en captar a sus disidentes. Los ex de Vox ya no son Vox, pretextan. Pero los dos tránsfugas no se han caído del caballo porque hayan tenido una revelación con la que perdieran su ingenuidad sino por pendencias personales internas. La expulsión del líder provincial José Ángel Antelo, también por motivos ajenos a la ideología del partido, hizo despertar a los insatisfechos.
En Cartagena, Diego Salinas era el primero de ellos: lideró la candidatura, pero, una vez constituido el grupo municipal, por orden de arriba debió ceder la portavocía a Gustavo López Petrel. Ya en el ecuador del mandato se vio tentado a facilitar la moción que finalmente se consumará, pero entonces retrocedió en el último momento. Esto no alivió la tensión interna en el grupo ultra, donde tras la marcha del partido de Salinas y de Beatriz Sánchez, se acrecentó la incomodidad de tener que coderase, ortodoxos y tránsfugas, en el gobierno.
Mientras tanto, prometían a Arroyo lealtad eterna, hasta que un viento ha roto sus voluntades. Doble transfuguismo, primero del partido, y después, del gobierno. Y quienes los han........
