Cuentecillo para el verano que se va
Camarero en una cafetería. / L. O.
Volví a pasar esta mañana por La Piccola. Septiembre ha llegado a Málaga con ese aire de final de las vacaciones, despejando las terrazas de ese bullicio luminoso de gente en bermudas, sombrillas multicolores tumbadas bajo las mesas antes de ser clavadas en la playa, cestas con olor a Nivea y algún balón rodando entre las sillas a pataditas de unos niños pequeños que no paran quietos. Ahora la terraza pertenece a otra fauna cotidiana: trabajadores del súper con prisa que miran el reloj del móvil, profesores de la Ave María que apuran el desayuno mientras preparan el inicio del curso y empleados de la mutua cercana hablando de sus cosas. Todos con caras de nostalgia.
Me senté a pedir mi nube doble y, al mirar la mesa de al lado, no pude evitar recordar aquello que presencié allí mismo al principio del verano.
Esa mañana, mientras me tomaba el cafe a la espera de unos cofrades que venían para hablar de un diseño, me acomodé tras las gafas de sol. Me habían escrito por WhatsApp que llegarían en 15 minutos. Tenía todavía ese margen perfecto para seguir mirando el móvil, pero las dos señoras mayores de la mesa de al lado hablaban tan altísimo que imposible no ser atraído por ellas. En cuanto levanté la mirada, la escena me capturó por completo.
Eran hermanas y se despedían aún sentadas entre quejas del médico y abanicazos en el pecho. Una de ellas vivía en Sevilla y había venido a pasar unos días a Málaga; no se veían desde el entierro de la hermana mayor, allá por el mes de enero del 24. Se lo echaron en cara conocedoras que a sus edades los meses van pesando demasiado y las ausencias se pueden volver definitivas. La conversación entre ellas, y eso que ya se iban, era un torrente........
