Que no nos toquen las narices
En una de las escenas consagradas de la película de Francis Ford Coppola ‘Apocalypse Now’ (1979), el personaje interpretado por Robert Duvall arroja al espectador, con desparpajo trumpista, un juicio estético sincero: «¿Hueles eso? ¿Lo hueles muchacho? Es napalm. Nada en el mundo huele así. ¡Qué delicia oler napalm por la mañana! Un día bombardeamos una colina y cuando todo acabó, subí. No encontramos un solo cadáver de esos chinos de mierda. ¡Qué pestazo a gasolina quemada! Aquella colina olía a… victoria». Con el triunfo en la batalla el gel de gasolina se convierte en una deliciosa fragancia imperialista, alcanza rápidamente las puertas del cerebro y apaga hasta la combustión más gloriosa en aras de la destrucción.
Recuperando gran parte de mi sombra en tiempos ya lejanos y al volver a darle una vuelta de tuerca al tema filosófico de la verdad, siempre de actualidad y al rastro amable de la amistad, me he topado con una cuestión de narices. Como saben ustedes, al igual que Coppola (aunque no se pueda reproducir, de momento, la fragancia de su película) hay perfumes abiertamente perversos y patrióticos, aromas mentirosos. Friedrich Nietzsche, el filósofo germánico que pensaba a martillazos, decía poder oler estos perfumes en su estimulante obra ‘Crepúsculo de los ídolos’ (1888): «-¡Y qué sutiles instrumentos de observación tenemos en nuestros sentidos! Esa nariz, por ejemplo, de la que ningún filósofo ha hablado todavía con veneración y gratitud, es hasta este momento incluso el más delicado de los instrumentos que están a nuestra disposición: es capaz de registrar incluso diferencias mínimas de movimiento que ni siquiera el espectroscopio registra». Metafísicamente hablando, Nietzsche reserva su mejor munición intelectual y nasal para los seguidores de Platón, aquejados de los males del dualismo y el estaticismo. ¿Para qué necesitamos renegar de este mundo cruel que habitamos creando un mundo ideal, al que apelaba la banda sonora del ‘Aladdin’ de la factoría Disney (1992)? Y también sabemos, desde el oscuro Heráclito, que no nos podemos bañar dos veces en el mismo río, salvo que la........
