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¿Cualquier tiempo pasado fue mejor?

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friday

La contestación afirmativa a este falso interrogante es una auténtica tentación, ya desde los tiempos que alumbraron el mito de ‘La Edad de Oro’. Y especialmente para los que nos adentramos en lo que otrora fue la edad provecta, aunque despotriquemos al mismo tiempo del moralismo apocalíptico y la literaridad como mantras. Parece que estoy viendo ejercer de ‘Quintín el Amargao’, con bastón en ristre y boina parda capada, a mi abuelo Emilio Guardiola Felequia - ¡que era del madrileño barrio de Chamberí como buen chulapo de postín! - hablando del sabor dulce almibarado de los melones de Villaconejos de su infancia y juventud, que en nada podría superar al de aquel fruto maduro y crujiente, pero moderno, que degustábamos a los postres de un festejo familiar. Puede que esta ocurrencia mía sea fruto de la cercanía de los fastos del día de San Isidro Labrador del 15 de mayo. Curiosamente, es también una de las fechas nodriza que guían el proceder de las gentes de Churriana-Málaga, lugar donde habito.

«¡Abajo el mundo moderno! ¡Abajo los camiones! ¡Más sosiego, por favor!» chillaban a los transeúntes de la Gran Vía de la capital los diez o doce aguerridos activistas del grupo de intervención cultural Homo Velamine, tratando de recrear una escena de la película ‘El último caballo’ (1950) del diplomático, dramaturgo y escritor Edgar Neville con los frutos de la rueca de los históricos indignados del 15M y del ultrarracionalismo del cineasta Luis Buñuel. También con claras reminiscencias del discurso post-ilustrado de Rousseau, mostrando la perversidad moral de los logros tecnocientíficos del presente y del manoseado concepto del progreso, idolatrado en los siglos XIX y XX. El escritor y periodista Juan Soto Ivars (2022) describe de modo incisivo y cercano en ‘Nadie se va a reír. La increíble historia de un juicio a la ironía’, (2022) la intrahistoria de este puñado de las bufonadas de Homo Velamine, en un diálogo inteligente con el que fuera su cabeza más visible, la que se desvela y esconde tras el seudónimo de ‘Anónimo García’ (Zaragoza, 1980), condenado y encarcelado por parodiar el sensacionalismo mediático, como lo fue también el rapero Pablo Hasél, sin prever la abrumadora extensión de la estupidez entre los humanos y la falta de comprensión jurídica y social del gozoso paraíso de la ironía. El de Anónimo (Ano, para los amigos) fue el primer caso sobre libertad de expresión juzgado haciendo uso de un artículo diseñado para valorar actos violentos.

Hemos de darnos por vencidos: nuestra sociedad no está ya para mensajes sofisticados cuando........

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