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No éramos flojos

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05.07.2026

La aclamada siesta andaluza. / JUAN ZARZUELA

Ha tenido que subir el termómetro en el norte de España para que media nación descubra una verdad elemental: cuando el andaluz se queja por trabajar a cuarenta grados no lo hace por folclore ni por pereza regional ni por buscar excusas peregrinas a la hora de doblar el espinazo. Trabajar a cuarenta grados, aquí o allá, es, simplemente, una forma bastante rápida de quedarse seco como un bacalao, mareado como una peonza y con el cerebro funcionando a la velocidad administrativa de agosto.

Durante años, desde ciertas alturas mucho más fresquitas, se nos ha mirado a los andaluces con esa mezcla de sorna y superioridad con la que se observa al indígena pintoresco. Que si la siesta, que si cerramos a mediodía, que si el abanico, que si el gazpacho, que si aquí nadie quiere trabajar cuando aprieta el sol. Como si el sol andaluz fuera una anécdota turística puesta por la Junta para vender postales y no una bestia blanca que cae a plomo sobre tejados, obras, olivares, puertos, oficinas sin aire y aulas donde se derriten........

© La Opinión de Málaga