El sepulcro vacío
Sepulcro en la Alameda. / Eva Reviriego
Hay imágenes que remontan la escala de los siglos ajenas a todo desgaste. Sin duda alguna, el sepulcro vacío es una de ellas. Y no hace falta ser creyente para percibir su fuerza simbólica: inesperadamente, un lugar destinado a contener la muerte aparece abierto, desocupado, desmentido. Lo que debía ser el inevitable punto final se convierte en un nuevo y sorpresivo inicio. Y es precisamente ahí, en el interrogante que sobrevuela por encima de todo espacio y de todo tiempo, donde comienza su vigencia.
La tradición cristiana ha interpretado ese vacío como el signo central de la resurrección. Pero, más allá de las profesiones de fe, el sepulcro vacío plantea una pregunta profundamente humana: ¿acaso hemos olvidado que en la vida subyace la inconmensurable capacidad de abrirse paso donde menos lo esperamos?
Vivimos en una cultura acostumbrada a los sepulcros: el desencanto, la rutina, la resignación y el gusto por lo inmediato emergen como tumbas invisibles donde, sin apenas temblar, enterramos proyectos,........
