La pequeña primavera de Málaga
Pintada vista en la calle Nueva / L. O.
Málaga vuelve a entrar en ese extraño y reconocible estado, que llega cada año casi sin avisar. De pronto todo gira alrededor del cine. Las conversaciones cambian de tema, los bares se llenan de acreditaciones colgando del cuello, gente moderna y cualquiera puede acabar discutiendo sobre fotografía, montaje o ritmo narrativo mientras espera un cafetito con churros. Durante unos días la ciudad parece vivir una versión ligeramente intensificada de sí misma, como si alguien hubiera subido el contraste de la realidad.
Es, de alguna manera, la pequeña primavera de Málaga: esa semana en la que todo importa un poco más. Los estrenos parecen acontecimientos históricos, las recomendaciones se vuelven urgentes y las agendas se llenan con la sensación constante de que algo imprescindible está a punto de empezar en alguna sala cercana.
Mientras tanto, a las puertas del Teatro Cervantes se repite cada año una escena tan malagueña como el propio festival: vecinos que bajan a curiosear como quien sale un momento a por el pan, móviles en alto, mezclando alfombra roja y vida cotidiana sin ningún complejo. Entre fotógrafos, invitados y fans improvisados, el glamour convive con batas de estar por casa, chanclas y conversaciones de barrio, recordándonos que el cine podrá vestirse de gala, pero la ciudad sigue siendo deliciosamente real.
El Festival de Málaga tiene algo de ritual colectivo. Año tras año convierte la ciudad en punto de encuentro del cine español y latinoamericano, en un escaparate donde conviven expectativas, descubrimientos y el también inevitable ruido promocional. Porque entre alfombras rojas, photocalls y titulares apresurados coexisten dos realidades........
