Kant no necesita una ludoteca: filosofía y pensamiento crítico en la vida cotidiana
Emmanuel 'Manu' Kant / La Opinión
“Un profesor no siempre puede convertir todo en espectáculo; hay temas complejos que requieren esfuerzo intelectual. Si los alumnos se aburren cuando les hablas de Kant, pues mira, ¿qué le vas a hacer? Esto es clase de filosofía y no les vas a decir que Kant era un payaso de circo.”
Ayer leí esta frase de Fernando Savater que me dejó profundamente contrariada. Venía a decir algo así como que no había que convertir a Kant en una ludoteca para que los alumnos no se aburriesen. Y aunque entiendo perfectamente lo que quería señalar —la peligrosa tendencia a confundir educación con entretenimiento constante—, no pude evitar pensar que precisamente Kant era el peor ejemplo posible para defender esa postura.
Porque cuanto más pensaba en ello, más claro veía algo: Kant no vivía en otro planeta.
La experiencia humana
Kant no sobrevolaba la experiencia humana como una especie de ente abstracto alimentado exclusivamente de sintaxis alemana y sufrimiento académico. Kant vivió en el mismo mundo que nosotros. Un mundo de convivencia, percepciones, conflictos, dudas, normas, interpretaciones y contradicciones humanas. Lo extraordinario de Kant no fue que tuviera experiencias diferentes al resto de seres humanos; lo extraordinario fue que se detuvo a observarlas con una profundidad brutal y construyó un sistema filosófico alrededor de ellas.
Y ahí es donde creo que nos equivocamos muchísimo enseñando filosofía.
Hemos confundido profundidad con inaccesibilidad.
Nos hemos acostumbrado a pensar que si algo se entiende fácilmente es porque ha perdido valor intelectual. Como si la única forma legítima de aproximarse a una idea compleja........
