Guardiana entre el centeno
Una joven lee un libro. / Freepik
Me fijo en la libretita que hace un año me envió por correo postal mi amiga de Suecia. La uso casi a diario, está en mi escritorio de trabajo, y nunca me había dado cuenta de la dedicatoria que me escribió en la parte de atrás: «For Esther, with love and squalor». Tengo que leerla varias veces, no salgo de mi asombro. «Para Esther, con amor y sordidez». Qué habrá querido decir, pienso. Y es entonces cuando algo implosiona en mi cabeza: J. D. Salinger.
Yo creo, como Salinger, que entre las palabras hay fuego. Igual que hay fuego en una dedicatoria con el poder de incitarme a mí a la revolución interior. Las palabras quedan escritas y no significan nada hasta que son leídas. Sin embargo, contienen el mundo entero de un ser humano cuando están siendo escritas en el papel, aunque nadie más las lea. Si no, cómo íbamos los escritores a seguir escribiendo siglo tras siglo con esa inevitable ferocidad. La dedicatoria de mi amiga sueca toma prestado el título de uno de los cuentos más importantes de J. D. Salinger, ‘Para Esmé, con amor y sordidez’, publicado originalmente en The New Yorker el 8 de abril de 1950, y recogido en la antología ‘Nueve Cuentos’........
