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Tanta pasión, ¿para nada?

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06.04.2026

Nací en un lugar en el que las procesiones constituían el acontecimiento del año. Aún ocurre, incluso más que entonces. Como niño, las figuras tenebristas me impresionaban. Las luces de faroles y velas entre flores, que amplificaban el horror de la muerte, el aire funerario que lo acompañaba todo. No entendía bien tanta tristeza, con la música solemne y el lento pasar de las imágenes, ni los pies descalzos. Hoy, sigo sin ser un convencido del arte barroco (me va más el románico, como al gran Peridis), pero entiendo que a muchos les abrace la tarde con figuras de la pasión recortadas con cierta sorpresa sobre el entorno urbano de última generación, dibujando sombras de otro tiempo, recordando la sangre y la intolerancia, que siempre vuelven.

Mi mirada profundamente laica no me impide respetar todas estas manifestaciones. No entiendo, por tanto, los gritos contra ninguna religión. Son tiempos de ruido y confusión, en todos los órdenes. Los intentos de dignificar un país contra la guerra ilegal, o contra el genocidio, en un panorama actual tan enfermizo, no deberían mancharse ahora con estas expresiones de odio irracional. El caos nos está ganando por la mano, porque, en el caos, como en las aguas revueltas, está la ganancia de algunos. No debería podernos el odio, ni la ignorancia (que tantas veces está en el origen).

Pasión tiene que ver etimológicamente con sufrimiento, con el padecimiento pasivo y la presión extrema. Las raíces griegas y latinas así lo revelan. La razón debería dominar a la pasión, pero es cierto que a veces se sufre inevitablemente, y, llegado el caso, es necesario aprender a sufrir con los otros: la compasión, que algunos niegan. La empatía, de mismo origen etimológico, nos avisa de la necesidad de ponernos en el lugar del otro, de entender sus sentimientos. Se diría que la sociedad actual está anulando el poder de la empatía. La pasión contemplativa debe tornarse acción en defensa de lo justo, aunque Byung Chul-Han defiende la contemplación como una actividad superior, una forma de resistencia ante la hiperactividad impuesta y la «lógica productiva» que hoy nos encadena y nos somete. Lo que vivimos estos días en el mundo demuestra que la razón debe combinarse con la emoción ante lo injusto y la moralidad, para así producir una acción.

Mientras escribo, pasa por Televisión Española esa producción mítica de Cecil B. de Mille, Los diez Mandamientos. Películas muy de estos pasados días. Hay algo de nostalgia en mí, aunque sólo la miro fugazmente. Vi esta película tan solemne siendo niño en un cine de barrio que, sin embargo, tenía una pantalla gigantesca, necesaria para admirarla. No soy muy de peplums, pero recuerdo que, como las figuras de la Pasión, la película me impactó con su grandiosidad escénica y sus claroscuros. De Mille decía que todas las películas deberían empezar con un terremoto, y, a partir de ahí, ir ganando intensidad. Esa épica formidable se cruza hoy con la épica pueril de Trump.

Pero siempre gustó la gran escenografía, el toque de los superhéroes. Todo remite a lo mismo, en cierta forma. Si hablamos de sufrimiento, que es la etimología de pasión, tenemos hoy en los informativos cantidades ingentes. La Historia martillea la misma zona del mundo, pero ahora la sangre se mezcla con el deseo arrebatado por la última gota de petróleo. El desierto de los peplums es hoy más bien un paisaje de Mad Max: quizás el paisaje futuro.

Mientras vivimos las batallas postreras por el petróleo, un cohete vuelve a alcanzar la luna. Una procesión laica contempla el lanzamiento con devoción religiosa,

esperando una liberación más allá de un mundo que se tambalea.

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