Del inmenso valor de la educación, no siempre percibido
Hace ya casi treinta años tuve ocasión de visitar Bolivia, un lugar mágico desde muchos puntos de vista, pero también un territorio donde la población sufría y sufre situaciones estructurales que comprometen sus posibilidades de salir adelante. Y una de las experiencias que más me marcó allí fue cuando un niño de once años, con las manos destrozadas por un trabajo agotador y muchas veces letal en la mina, me miró a mí y al resto de la delegación involucrada en proyectos de cooperación con el país. «Licenciado» —dijo— «me encantaría algún día poder aprender a leer y escribir, y de esa forma ayudar a mi familia y comprender más de lo que me rodea». El lugar donde conversábamos era Oruro, el lugar desde el que el «rey del estaño» Antenor Patiño había llegado décadas antes a dominar ese mercado a nivel mundial. Y en una de esas minas hoy residuales, este chico y muchos otros niños como él se afanaban en sacar migajas de metal a cambio de un impacto en su salud verdaderamente alto. Eso, por un lado, y el haber perdido la infancia, por otro. Algo........
