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Del inmenso valor de la educación, no siempre percibido

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07.10.2026

Hace ya casi treinta años tuve ocasión de visitar Bolivia, un lugar mágico desde muchos puntos de vista, pero también un territorio donde la población sufría y sufre situaciones estructurales que comprometen sus posibilidades de salir adelante. Y una de las experiencias que más me marcó allí fue cuando un niño de once años, con las manos destrozadas por un trabajo agotador y muchas veces letal en la mina, me miró a mí y al resto de la delegación involucrada en proyectos de cooperación con el país. «Licenciado» —dijo— «me encantaría algún día poder aprender a leer y escribir, y de esa forma ayudar a mi familia y comprender más de lo que me rodea». El lugar donde conversábamos era Oruro, el lugar desde el que el «rey del estaño» Antenor Patiño había llegado décadas antes a dominar ese mercado a nivel mundial. Y en una de esas minas hoy residuales, este chico y muchos otros niños como él se afanaban en sacar migajas de metal a cambio de un impacto en su salud verdaderamente alto. Eso, por un lado, y el haber perdido la infancia, por otro. Algo........

© La Opinión A Coruña