La espada y la pared: movimientos sociales y polarización política
Frente al asedio conservador, la irrupción extraordinaria de las masas sigue siendo el único recurso para romper el estancamiento.
Presentaré de forma sintética unas consideraciones sobre las luchas sociales y políticas en el conjunto de América Latina, una región en la que los fenómenos políticos se manifiestan transversalmente con sorprendente sincronía e inevitables asincronías. Se trata de consideraciones de alcance general pero sin afán de previsión ya que, como sugería Gramsci,
En realidad, solo se puede «prever» científicamente la lucha, pero no los momentos concretos de la misma, que no pueden sino ser el resultado de fuerzas opuestas en continuo movimiento (...) se «prevé» en la medida en que se actúa, en que se realiza un esfuerzo voluntario y, por lo tanto, se contribuye de forma concreta a crear el resultado «previsto». La previsión se revela, por tanto, no como un acto científico de conocimiento, sino como la expresión abstracta del esfuerzo que se realiza, el modo práctico de crear una voluntad colectiva. (Cuaderno 11, § 15: 1403)
La previsión, así entendida, deviene en prefiguración, una acción que instala las formas que perfilan el horizonte de la transformación. Si bien no se pueden prever las dinámicas concretas y los desenlaces de las luchas, podemos detectar tendencias e hipotetizar escenarios. En tales escenarios, el elemento crucial (al menos desde la perspectiva de una sociología crítica comprometida con la emancipación) son los procesos de subjetivación política de las clases subalternas. Procesos que se juegan en un triángulo experiencial: entre experiencias de subordinación (subalternidad), de insubordinación (antagonismo), de autodeterminación (autonomía).
En la combinación desigual de estos tres niveles se configuran las subjetividades políticas y mediante estos tres conceptos se puede descifrar la composición interna y las transformaciones que viven los actores y los movimientos sociales. Si bien toda condición subalterna es atravesada por experiencias de antagonismo y autonomía, debemos reconocer que hay momentos en los cuales esa condición adquiere un carácter sobredeterminante y tiñe de sus colores el conjunto de la configuración subjetiva.
Vivimos, a escala macropolítica latinoamericana, uno de esos momentos: la subalternidad parece ser la tendencia dominante en este pasaje de época, aunque debajo de ella siguen operando formas y dinámicas antagonistas y autónomas. Subalternidad que, como señalé, hay que rastrear en el terreno experiencial y, por lo tanto, de la complejidad de su sedimentación político-cultural. Por razones de espacio, me limitaré a colocar un par de tesis en el plano más inmediato de la correlación de fuerzas.
La primera idea que quiero sostener va a contrapelo de la tesis dominante de que en América Latina vivimos un momento determinado por la polarización entre derecha e izquierda, o entre «derechas» e «izquierdas», en plural, enfrentadas en el tablero electoral. Si bien es un fenómeno evidente que se observa en la oferta política partidaria, hay que recordar que esto no es una novedad. Además, debemos reconocer que no describe la real configuración de fuerzas políticas ni explica las razones de fondo de su constitución.
Desde mi perspectiva, el problema político fundamental de nuestros días remite a otro fenómeno, un proceso de fondo que, paradójicamente, es tanto la causa como la consecuencia de la polaridad electoral: la contención de las luchas sociales y del antagonismo de clase que encarnan. Dicha contención puede explicarse a partir de factores tanto endógenos como exógenos. No me detendré en los endógenos --sobre los cuales hay cierto consenso-- que remiten a una serie de dinámicas de subalternidad que se asientan en la profundidad estructural y cultural de dinámicas sociales de fragmentación, individualización y precariedad.
Voy a insistir, en cambio, en los exógenos, porque allí las lecturas divergen y sé que lo que voy a sostener es polémico y muchos de ustedes no estarán de acuerdo. Pero la sociología crítica no es un concurso de popularidad a pesar de lo que, en tiempos de redes sociales, algunos pueden pensar. Me referiré a dos dinámicas de subalternización que cercan al movimiento social latinoamericano, que interfieren y obstruyen la politización antagonista y autónoma de las clases subalternas. Hablo de Movimiento Social, en singular y con mayúsculas, como se usaba antaño en el discurso anticapitalista, entendiéndolo como un «movimiento de movimientos», como se decía en los años del altermundismo. Fue Alain Touraine quien, de forma más iconoclasta y posclasista que nostálgica y anticapitalista, insistió en esa fórmula, apelando a la conformación de un movimiento central capaz de articular las luchas sociales.
En América Latina existen dos dinámicas que obstruyen la convergencia en un movimiento social capaz de ser protagonista de la vida política, como lo ha sido en diversas ocasiones en la historia incluso reciente. Dos formas de subalternidad: la del progresismo frente a las derechas y la de las organizaciones, movimientos sociales y buena parte de las izquierdas anticapitalistas frente al progresismo. Reitero que se trata de un rasgo predominante, que no niega la existencia de tendencias al antagonismo y la autonomía en un plano secundario, como lo explicitaré en la segunda parte de mi exposición.
Dos órdenes de subalternidad que operan un corrimiento hacia la derecha de todo el escenario político. Un desplazamiento que se inscribe en la corta duración de los ciclos políticos pero que, en mi opinión, se remonta al menos a la dos últimas décadas. Carlos Nelson Coutinho, un entrañable amigo, me contaba hace veinte años que, cuando José Genoíno le reclamaba porque había salido del PT por izquierda con el PSOL (siendo que antes había estado en la derecha del PCB, mientras que Genoíno era guerrillero), Carlitos le contestaba que sus posiciones eran las mismas y que los que se habían movido a la derecha eran ellos. Es decir, la derechización viene de lejos.
Sostengo que el ascenso de la derecha, como efecto de una modificación de la correlación de fuerzas, es la consecuencia más que la causa del declive de las izquierdas. Antes de continuar, permítanme hacer escala en una temática hoy muy en boga en la ciencia política latinoamericana (y mundial), que es la que vincula la idea de polarización al lado de la de hartazgo. Una perspectiva interesante que, sin........
