Contra la filosofía de la derrota
Me gustaría comenzar este artículo con una anécdota personal. Durante la campaña para la primera vuelta presidencial en Colombia, la prestigiosa revista New Left Review me invitó a escribir un texto que permitiera al público angloparlante comprender la magnitud de lo que se jugaba en las elecciones. Acepté el encargo con entusiasmo y, a pesar del frenético ritmo de la contienda, encontré el tiempo y el temple para redactarlo.
Me parecía fundamental explicar a un lector internacional las implicaciones que tiene para las democracias del continente la aplicación de la National Security Strategy publicada por la administración Trump a finales de 2025. Una cosa es leer un documento donde se postula que el hemisferio occidental pasará a ser prioridad --e incluso tutela-- de los Estados Unidos, y otra muy distinta es atestiguar las estrategias concretas con las que se pretende ejecutar dicho plan. Asumir que el documento marco de política exterior y defensa más importante de Washington no estaría operando tras el escenario electoral colombiano resultaba, cuando menos, ingenuo; máxime si se considera que, hasta el triunfo de Gustavo Petro, Colombia era vista como el «Israel de América Latina».
Lo que busqué en aquel artículo fue desentrañar las irregularidades y barreras jurídicas que debió sortear el Pacto Histórico para consolidar la fórmula presidencial de Iván Cepeda y Aída Quilcué. Sin embargo, el análisis no se detuvo allí: intenté, además, encender las alarmas sobre un patrón recurrente en la región, expresado en la fundada sospecha de fraudes ejecutados desde el propio software de preconteo electoral.
Trataba de dejar al descubierto cómo la extrema derecha global ya no se limita a emplear el lawfare o métodos heterodoxos para intentar destituir, encarcelar o asesinar a los liderazgos populares de la región --como ha ocurrido con Cristina Fernández de Kirchner, Luiz Inácio Lula da Silva, Evo Morales, Gustavo Petro, Hugo Chávez o Rafael Correa--, sino que ahora apunta a intervenir directamente el corazón mismo del proceso democrático. Expliqué que la propia Corte Constitucional colombiana había emitido un fallo desfavorable sobre el software que se utilizaría en los comicios; aclaré quiénes eran sus propietarios y expuse sus nexos con el candidato ultraderechista Abelardo de la Espriella.
Por alguna razón nunca explicitada, los editores de New Left Review decidieron no publicar mi texto y esperar a que pasara la primera vuelta electoral, ofreciendo un arsenal de recomendaciones para que el escrito pudiera satisfacer «sus expectativas». Ahí entendí que no se trataba de un ejercicio de solidaridad intelectual igualitario, mediante el cual nos ayudáramos a comprender qué está sucediendo en el nuevo escenario político mal llamado «occidental». Muy por el contrario, me di cuenta de que el guion estaba predeterminado y de que debía cumplirlo a rajatabla si deseaba publicar allí.
Desde una lectura superficial, las sugerencias buscaban pulir el artículo y dotarlo de ese aire de moderación que tanto anhelan consumir en el Norte global. Sin embargo, desde una perspectiva más profunda, lo que se disputaba era el relato mismo de lo que ocurre hoy en el mundo. El editor, tras debatir largamente con otro editor, había llegado a la conclusión de que yo debía explicar qué errores había cometido Petro para que Iván Cepeda no hubiese ganado en primera vuelta.
Se me exigía redactar esas famosas «tablas de la autocrítica» que buscan justificar por qué........
