“No Kings” y MAGA: guerras territoriales en la cubierta del Titanic
[Foto: Manifestantes gritándose unos a otros durante una concentración de "No Kings" frente al Trump National Golf Course en Rancho Palos Verdes.]
Las protestas «No Kings», que comenzaron el pasado mes de junio coincidiendo con el cumpleaños de Trump y con el desfile militar celebrado en Washington con motivo del 250.º aniversario del ejército de los EEUU, han atraído a millones de participantes, no solo en EEUU, sino también, más recientemente, en varios países occidentales.
Aunque en un principio surgió a raíz de motivos de descontento interno --como las políticas de inmigración y su aplicación violenta, las amenazas autoritarias y los abusos del poder ejecutivo--, desde marzo el movimiento se ha ido centrando cada vez más en la oposición a la guerra de agresión contra Irán y al genocidio en Gaza.
Aunque comparto la indignación y la profunda frustración que han llevado a millones de personas a las calles, creo que la solidaridad con los manifestantes debe ir acompañada de la obligación crítica de examinar minuciosamente el enfoque y los objetivos del movimiento, además de sus fuentes de financiación.
Los críticos conservadores, basándose principalmente en una investigación de Fox News, han destacado sobre todo la infraestructura organizativa y las redes financieras que sostienen el movimiento, aunque de forma selectiva, y rápidamente han tildado las protestas de "revolución de colores".
Habiendo escrito extensamente sobre las revoluciones de colores, creo que es importante mantener la claridad analítica al utilizar este término para evitar la confusión epistémica.
Si bien es cierto que el movimiento No Kings depende en gran medida de un aparato de protesta profesionalizado financiado en parte por las Open Society Foundations de Soros, y que la clase de donantes liberales de EEUU ha estado involucrada en prácticamente todas las revoluciones de colores que hemos presenciado hasta ahora en el mundo, debemos mantener una distinción fundamental, al menos a nivel analítico.
Todos los donantes mencionados en las investigaciones llevadas a cabo por Fox News, el Daily Mail, el Pearl Project, Snopes y otros, resultan ser ciudadanos estadounidenses. Y aunque uno de ellos, Neville Roy Singham, se jubiló y se trasladó a China hace unos años, su activismo político y su apoyo a grupos progresistas estadounidenses son muy anteriores a su traslado.
Las revoluciones de colores son operaciones impulsadas desde el exterior, típicamente financiadas y orquestadas por potencias occidentales o sus organizaciones afiliadas con el objetivo explícito de desestabilizar un país objetivo y/o derrocar a su gobierno para alcanzar objetivos geopolíticos.
En el caso del movimiento No Kings, sus críticos no han descubierto ni aportado ninguna prueba creíble de implicación extranjera. Eso no quiere decir, sin embargo, que el movimiento sea necesariamente orgánico o se organice de forma autónoma.
Las facciones rivales dentro de la élite de un mismo país llevan mucho tiempo utilizando las fuerzas sociales y la movilización popular como armas en sus luchas internas por el poder.
Las protestas de este tipo no tienen como objetivo sustituir al sistema gobernante, sino cambiar el equilibrio de poder entre los grupos de élite rivales.
Una facción organiza, financia y dirige un movimiento de protesta para presionar, desacreditar o debilitar a su rival. Las multitudes movilizadas se convierten en una especie de representante popular desplegado por un segmento del establishment contra otro.
Aunque comprendo la tentación de agrupar el movimiento No Kings con las revoluciones de colores, dado que gran parte de su organización, financiación y dirección proviene de la misma clase de donantes y redes «filantrópicas», creo que hacerlo sería una pereza intelectual y, en última instancia, engañoso, ya que oculta una diferencia fundamental.
Si las revoluciones de colores representan un asalto «de fuera hacia dentro» al orden político, las guerras territoriales de las élites nacionales son un asalto «de dentro hacia fuera». Ambas pueden parecer resistencia de base, pero su lógica subyacente y sus beneficiarios finales son radicalmente diferentes.
Curiosamente, esta dinámica también funciona en sentido contrario. Las fuerzas sociales pueden desmovilizarse según la conveniencia de las facciones de la élite. Con la misma facilidad con la que pueden activarse para crear presión, pueden desanimarse, desviarse o neutralizarse discretamente cuando su energía ya no sirve al propósito deseado.
En el pasado, los grupos de presión centraban principalmente sus esfuerzos en influir en los partidos políticos y los cargos electos dentro del proceso democrático formal. Sin embargo, a medida que amplios segmentos de la población se han ido desilusionando con la política electoral y las estructuras partidistas tradicionales, la movilización masiva proporciona una palanca adicional para complementar el proceso 'democrático' convencional.
Los movimientos de protesta profesionalizados ofrecen otra herramienta a las facciones de la élite que buscan alcanzar sus objetivos al margen de los canales cada vez más desacreditados de la democracia representativa.
Algunos comentaristas han tomado prestado el término gramsciano «revolución pasiva» para describir el fenómeno No Kings, pero esta etiqueta, al igual que la de «revolución de colores», no da cuenta plenamente de lo que estamos viendo en EEUU.
Según Gramsci, las clases dominantes, en momentos de crisis, son capaces de absorber parte de las demandas de las clases subalternas, vaciándolas de su carga subversiva y transformándolas en instrumentos de modernización conservadora.
Así, lo que parece una conquista popular es en realidad una reestructuración de la dominación que preserva la asimetría sustancial de las relaciones de poder.
Gramsci también vinculó explícitamente la revolución pasiva al trasformismo --un proceso de absorción molecular e incorporación de los elementos activos de las clases opuestas, a través del cual la clase dominante se renueva y produce la impresión de cambio donde en realidad solo hay perpetuación del orden existente.
Yo diría que esta dinámica no es excepcional. Así es como las élites capitalistas gestionan la disidencia, la crisis y la necesidad de una modernización periódica.
Se podría decir que la revolución pasiva y el trasformismo son los facilitadores del dominio capitalista y la lógica reproductiva por defecto del poder de la élite una vez que se ha consolidado. Sin embargo, la cooptación por sí sola, entendida como la neutralización y absorción post-factum de la disidencia, es insuficiente para explicar el panorama completo.
En situaciones de competencia hegemónica intraelitista, los movimientos de oposición no se limitan a ser neutralizados post factum; se convierten activamente en armas de antemano.
La ira y la energía genuinas del pueblo son aprovechadas y dirigidas por una facción de la élite contra otra, sirviendo como instrumentos en la contienda por el dominio dentro del sistema existente.
Lo que observamos en fenómenos como el movimiento No Kings (y simétricamente en MAGA) no es una revolución pasiva en el sentido clásico. Existe una diferencia clave entre una dinámica post-factum --en la que las élites responden y neutralizan una amenaza existente a su poder (revolución pasiva)-- y una dinámica ante-factum --en la que las élites crean y/o apoyan de forma proactiva........
