Mearsheimer: el realismo como retorno de la historia
Cuando la teoría vuelve a ser una herramienta del poder
John Mearsheimer parte de una verdad que a menudo se olvida: ninguna política exterior surge de la nada. Incluso los gobiernos que se autodenominan pragmáticos, incluso los líderes que desprecian a los intelectuales, incluso las cancillerías que reivindican la primacía de los hechos, actúan siempre desde una visión del mundo. Ya la llamen doctrina, instinto, interés nacional o sentido común, sigue siendo una teoría. Y una teoría errónea casi siempre da lugar a una política errónea.
Es aquí donde Mearsheimer sitúa el fracaso estratégico de Occidente tras la Guerra Fría. EEUU creyó que la expansión del mercado, la ampliación de las instituciones liberales y la difusión de la democracia habría atenuado la competencia entre las grandes potencias. Pensaron que China, al enriquecerse, se convertiría en un actor responsable; que Rusia aceptaría el avance de la OTAN; que Europa podría vivir de la prosperidad sin ocuparse a fondo de su propia seguridad; que Oriente Medio podría ser remodelado mediante guerras, presiones y cambios de régimen. El resultado está a la vista de todos: la historia no ha terminado, ha vuelto.
El realismo frente a la religión liberal
El realismo de Mearsheimer es duro porque parte de una constatación elemental: el sistema internacional no cuenta con un gobierno superior a los Estados.
No existe un tribunal supremo capaz de garantizar la supervivencia de las naciones. Cada Estado sabe que los demás poseen capacidad ofensiva, que las intenciones pueden cambiar, que las promesas valen mientras convenga cumplirlas. De ahí surge la primacía de la seguridad.
El liberalismo internacional, en cambio, ha construido sus ilusiones sobre tres pilares: la interdependencia económica, la paz democrática y las instituciones multilaterales. Todos ellos son instrumentos útiles, pero no decisivos cuando están en juego el poder, el territorio, la supervivencia y las esferas de influencia. Los intercambios comerciales no borran el miedo. Las instituciones no eliminan la anarquía internacional. La democracia no impide que los Estados persigan intereses de poder.
El error estadounidense respecto a China surge de esta ceguera. Washington ha favorecido la integración de Pekín en la economía mundial pensando en transformarla.En realidad, ha contribuido a reforzarla. La riqueza china se ha convertido en industria, tecnología, armada, misiles, inteligencia artificial, capacidad espacial y control de las cadenas de producción.No podía ser de otra manera: toda gran potencia transforma la prosperidad en fuerza.
China y el gran error estadounidense
Para Mearsheimer, EEUU ha cometido un error estratégico histórico: ha ayudado a su principal rival futuro a hacerse lo suficientemente fuerte como para desafiarlo. No porque China fuera comunista, sino porque toda gran potencia, una........
