La hora de los hornos: el internacionalismo en tiempos difíciles
Por más de dos décadas, fue fácil solidarizarse con la Revolución Bolivariana. Caracas llegó a ser una suerte de capital política para una izquierda internacional heterogénea: militantes de partido y sindicalistas, antiimperialistas e intelectuales y, cada vez más, personas cuya relación con la política estaba mediada por las redes sociales. Llegaban a congresos, reuniones y elecciones. Eran hospedados en hoteles de lujo, se reunían con funcionarios del gobierno y, en algunos casos, con comuneros y activistas de base. Luego, regresaban a casa llevando consigo las imágenes y los argumentos de una revolución que, durante gran parte de ese período, avanzaba a pesar de la tremenda presión que el imperialismo ejercía sobre el proceso.
Esta historia es importante. Venezuela abrió un espacio político y material en el que gentes de diferentes partes del mundo pudieron reunirse, intercambiar experiencias e imaginar un proyecto común. Los encuentros internacionales organizados durante los años de Chávez y Maduro formaron parte de un esfuerzo más amplio por construir una nueva geografía política en América Latina y el Sur Global. Colaboraron para mantener redes, amistades, campañas y formas de cooperación política que de otro modo habrían sido difíciles de establecer. Sería mezquino e históricamente inexacto desestimar estas experiencias simplemente porque las condiciones que las hicieron posibles han cambiado desde entonces, o porque algunos visitantes se sintieron atraídos tanto por los privilegios que les otorgó la revolución como por la tarea de construirla.
Había, sin embargo, un techo para esta forma de solidaridad. Las condiciones materiales permitían participar en la revolución sin compartir sus riesgos o las crecientes dificultades cotidianas que enfrentadas por los venezolanos del pueblo trabajador a causa del bloqueo imperialista. El propio gobierno lo hizo posible: mediante un gran esfuerzo de organización y sacrificio colectivo, desarrolló la capacidad de recibir a miles de visitantes, organizar eventos y proporcionar alojamiento, permitiendo así que el visitante internacionalista viviera la revolución sin verse afectado por las penurias que pasaban los venezolanos y, a menudo, al margen de los intensos debates que se desarrollaban en las bases. Este internacionalismo exigía poco de quienes lo practicaban y ofrecía recompensas a los visitantes, pero fue útil.
La situación ha cambiado drásticamente. Desde el 3 de enero, cuando el imperialismo estadounidense bombardeó objetivos en Venezuela y secuestró al presidente Nicolás Maduro y a la diputada Cilia Flores, el Proceso Bolivariano ha entrado en un período mucho más difícil, marcado por retrocesos tácticos, nuevas contradicciones y acontecimientos que han restringido algunas de los caminos abiertos por la revolución. Por ahora, no se trata de un simple retroceso, sino de una vuelta atrás que cierra ciertas posibilidades, mientras deja intacto el terreno sobre el cual continúa el proceso radical de construcción de comunas.
Para muchos internacionalistas que viajaron a Venezuela antes del 3 de enero, el proyecto comunal estaba, en gran medida, al margen de su participación política con la revolución, aunque muchos realizaron visitas de dos o tres horas a alguna comuna de Caracas. Sin embargo, el discurso en torno a la comuna se convirtió en un pilar central de la defensa internacional de la Revolución Bolivariana. Este énfasis no fue infundado. Hoy, las comunas constituyen la principal reserva estratégica de la revolución, aunque su desarrollo sigue siendo altamente desigual.
El proceso revolucionario venezolano no ha llegado a su fin. La experiencia política acumulada durante más de dos décadas permanece viva en muchas comunas, así como las capacidades forjadas a través de años de lucha. Y, quizás más importante aún, las comunas continúan existiendo como espacios vivos de resistencia, organización, producción, deliberación y poder popular, aunque con niveles muy diferentes de desarrollo y conciencia política.
En su mejor expresión, el internacionalismo es una relación de compromiso político recíproca --aunque no necesariamente simétrico-- entre fuerzas organizadas: un intercambio de capacidades entre pueblos organizados que reconocen que sus luchas forman parte de un terreno histórico común. Las condiciones materiales de las últimas dos décadas posibilitaron otra relación, más sencilla. Para comprender lo que ha cambiado es necesario ser preciso respecto a esta historia y lo que la coyuntura actual exige a quienes desean permanecer del lado del pueblo trabajador de Venezuela. Los internacionalistas deben dirigir su mirada hacia las comunas, porque es allí donde permanece viva la reserva estratégica de la revolución.
Algunos internacionalistas que escribieron sobre las comunas, a menudo a partir de breves encuentros con ellas, ahora leen los repliegues de los últimos meses como una traición y se apresuran a prescribir desde la distancia lo que los venezolanos deberían hacer. Por su lado, las propias comunas están inmersas en la difícil tarea de navegar estas contradicciones en lugar de abogar por una ruptura con el proceso, como estilan algunos opinólogos norteños tras el teclado. Desde nuestra perspectiva en Venezuela, la tarea es diferente a la que proponen los visitantes de otrora: nos toca construir un camino a seguir dentro de un mar de condiciones que son genuinamente complejas, genuinamente difíciles y, con todo, genuinamente nuestras para superar.
Una coyuntura única para el internacionalismo
Hay una diferencia importante entre las situaciones de Venezuela y Cuba. Venezuela ha sufrido un golpe directo a su capacidad institucional y política, mientras que Cuba sigue padeciendo los efectos materiales de un bloqueo genocida. No........
