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Trump, el dios

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Durante los dos años que pasé escribiendo «American Fascists: The Christian Right and the War on America», me topé con numerosos «mini-Trump». Estos autoproclamados pastores --muy pocos tenían formación religiosa formal-- se aprovechaban de la desesperación de sus feligreses. Estaban rodeados de aduladores y nadie se atrevía a cuestionarlos. Mezclaban realidad y ficción, vendían ideas mágicas y se enriquecían a costa de sus seguidores. Afirmaban que su riqueza y su ostentoso estilo de vida, con mansiones y jets privados incluidos, eran señal de haber sido bendecidos. Insistían en que estaban inspirados por lo divino y ungidos por dios. Dentro de los círculos herméticos de sus megaiglesias, eran omnipotentes.

Estos pastores de sectas prometían usar su omnipotencia para aplastar las fuerzas demoníacas que habían causado miseria en las vidas de sus seguidores: desempleo y subempleo, desahucios, quiebras, pobreza, adicción, abuso sexual y doméstico y una desesperación paralizante. Cuanto más poder poseen los líderes de las sectas --según sus seguidores--, más seguro es el paraíso prometido. Los líderes de las sectas están por encima de la ley. Aquellos que depositan desesperadamente su fe en ellos quieren que estén por encima de la ley.

Los líderes de sectas son narcisistas. Exigen una adulación servil y una obediencia total. La afirmación del secretario de Salud y Servicios Humanos, Robert F. Kennedy Jr., de que Trump es capaz de dibujar un «mapa perfecto» de Oriente Medio, o la declaración de la secretaria de prensa de la Casa Blanca, Karoline Leavitt, de que Trump es siempre «la persona más culta de la sala», son dos de los innumerables ejemplos del servilismo abyecto que se exige a quienes forman parte del círculo íntimo de un líder de secta. La lealtad ciega importa más que la competencia.

Los líderes de sectas son inmunes a las críticas racionales y basadas en hechos por parte de quienes depositan su esperanza en ellos. Por eso los seguidores acérrimos de Trump no le han abandonado y no le abandonarán. Todo el parloteo sobre fisuras en el universo MAGA malinterpreta a los seguidores de la secta de Trump.

Todas las sectas son cultos a la personalidad. Son extensiones de los prejuicios, la visión del mundo, el estilo personal y las ideas del líder de la secta. Trump, con su falso «escudo Trump», se deleita en un kitsch de mal gusto inspirado en Luis XIV, inundado de rococó dorado y candelabros resplandecientes. Las mujeres de la corte de Trump tienen «rostros Mar-a-Lago»: labios excesivamente inflados, piel tensa y sin arrugas, implantes mamarios rellenos de gel de silicona y pómulos cincelados, rematados con montones de maquillaje. Llevan tacones de aguja y atuendos estridentes que a Trump le resultan atractivos. Los hombres de Trump, que a sus ojos deben ser telegénicos y parecer salidos de «Central Casting», visten como ejecutivos publicitarios de los años 50. Lucen zapatos negros Florsheim regalados por Trump, concretamente unos Oxfords Lexington Cap Toe de 145 dólares.

Las sectas imponen códigos de vestimenta que reflejan el estilo y los gustos del líder de la secta. Los seguidores del gurú indio Bhagwan Shree Rajneesh, también conocido como Osho, vestían túnicas rojas y naranjas, a menudo combinadas con un jersey de cuello alto y collares de cuentas. Los miembros de Heaven's Gate llevaban zapatillas Nike Decade y pantalones de chándal negros. Los hombres de la Iglesia de la........

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