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República bananera: patria, camándula y marketing

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07.07.2026

Y no llegó como un tigre. Llegó como un personaje cuidadosamente diseñado para una época en la que la política ha dejado de parecerse a la plaza pública para convertirse, cada vez con mayor frecuencia, en un inmenso escenario. Vivimos un tiempo en el que la autoridad suele confundirse con la estridencia, el patriotismo con una camiseta amarilla, la fe con una camándula electoral y el gobierno con un espectáculo de tarima.

Su victoria no representa únicamente el ascenso de un dirigente político - la derecha es experta en prefabricar candidatos - simboliza la consolidación de una nueva etapa de la derecha colombiana, profundamente influenciada por las estrategias del trumpismo, el nacionalismo conservador y las nuevas formas de comunicación política de la extrema derecha global. No fue simplemente un candidato: fue una marca. Un producto cuidadosamente concebido para un ecosistema donde los algoritmos premian el exceso, las redes sociales recompensan la confrontación y el grito circula con mucha más velocidad que los argumentos.

Sería un error interpretar este resultado como una derrota electoral de la izquierda. Lo ocurrido posee una profundidad mayor y, precisamente por ello, resulta más inquietante. Asistimos a la consolidación de una auténtica pedagogía del miedo, una forma de hacer política que no busca convencer mediante razones sino gobernar a través de las emociones. Mientras unos discutían reformas, otros aprendían a modelar imaginarios. Mientras unos debatían artículos de ley, otros conquistaban el lenguaje con el que millones de ciudadanos comenzaron a nombrar la realidad. Mientras unos gobernaban, otros construían sentido común. La batalla nunca fue solamente electoral; fue, sobre todo, cultural. Y la historia, vieja maestra de las pasiones humanas, enseña que las emociones suelen llegar antes a las urnas que los programas de gobierno.

Durante meses, Colombia fue invitada por los grandes medios de comunicación a contemplarse como una casa incendiada. La patria aparecía consumida por las llamas del comunismo; la familia tradicional era presentada como el último refugio moral frente a una supuesta decadencia; la religión se elevaba a certificado de pureza política; y la camiseta de la Selección Colombia se transformaba, silenciosamente, en el uniforme de los «buenos colombianos». En aquella liturgia bananera, quien no aplaudía al candidato dejaba de ser un contradictor legítimo para convertirse, casi de manera automática, en guerrillero, comunista, apátrida o enemigo interno. La política abandonaba así el terreno del debate para instalarse en el de la sospecha.

Aquella campaña funcionó como una procesión cuidadosamente coreografiada. Patria, Dios, familia, orden y miedo se fueron enlazando como las cuentas de un mismo rosario autoritario, una liturgia política donde cada símbolo reforzaba al siguiente y donde todas las oraciones conducían a una única conclusión: Colombia estaba al borde del abismo y únicamente un hombre providencial podía rescatarla. "un hombre no puede escapar a su destino", "cuando la patria llama a sus buenos hijos, tienen el deber sagrado de responder" afirmaba el abogado en julio de 2025 arengando con saludo militar el ya famoso slogan "firme por la patria", en un video de 4 min (Abelardo De la Espriella oficializa su candidatura presidencial para 2026 | 360), Nada especialmente novedoso bajo el sol latinoamericano. Cada caudillo que ha pretendido presentarse como salvador ha necesitado siempre los mismos elementos: un altar, un enemigo absoluto y un coro dispuesto a confundir la obediencia con el patriotismo.

La patria convertida en camiseta

Uno de los movimientos simbólicos más eficaces de la campaña consistió en apropiarse de la camiseta de la Selección Colombia. Parecía un detalle menor. No lo era. La política contemporánea ya no disputa únicamente votos; disputa símbolos, emociones y pertenencias. La camiseta dejó de ser la prenda que durante décadas reunió a millones de colombianos alrededor del fútbol para convertirse en una frontera política. El amarillo dejó de representar la alegría popular y comenzó a representar una determinada idea de nación. Vestir aquella camiseta ya no sugería solamente apoyar a un equipo: insinuaba pertenecer al país correcto.

Fue una operación semiótica de enorme eficacia. La patria quedó reducida a una prenda deportiva puesta al servicio de una candidatura. Así opera el nacionalismo barato: no explica el país, lo envuelve en una bandera; no invita a pensar, reparte carnés de patriotismo; no construye ciudadanía, fabrica sospechosos. Los nacionalismos contemporáneos no necesitan prohibir la diferencia. Les basta con apropiarse de los símbolos nacionales para insinuar que únicamente ellos representan al país verdadero. Como un espejo deformante, muestran apenas una parte de la realidad y convencen a muchos de que allí está contenida la totalidad de la nación.

Patria Milagro: cuando la política promete redención

Si hubiera que condensar toda una campaña en apenas dos palabras, probablemente serían estas: Patria Milagro.

Detrás de esa expresión aparentemente sencilla se esconde una concepción completa del poder. La primera palabra invoca el sentimiento nacional; la segunda pertenece al lenguaje de la fe. Unidas producen una idea profundamente seductora: Colombia ya no necesita simplemente un gobierno, sino una salvación. No una reforma, sino un milagro. No una política pública, sino una redención. No ciudadanos deliberando, sino un pueblo creyendo.

El recurso dista mucho de ser novedoso. Recorre buena parte de la historia política latinoamericana y aparece una y otra vez allí donde el liderazgo pretende adquirir rasgos casi providenciales. Primero se exagera la decadencia nacional. Después se construye un enemigo absoluto. Finalmente aparece el salvador. La promesa deja entonces de consistir en administrar mejor el Estado para convertirse en la restauración del alma de la patria. Pero cuando la política comienza a ofrecer milagros termina exigiendo una fe que ningún gobierno, por poderoso que sea, puede satisfacer.

Cuando Dios baja a la campaña

No existe contradicción alguna entre democracia y religión. Millones de colombianos viven su fe con honestidad, solidaridad y un........

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