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Ni la 'teoría del loco' le funciona a Trump

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26.04.2026

El martes 21 de abril, firme en su posición de no ceder ante los chantajes de Trump en una segunda ronda de conversaciones en Islamabad, Pakistán, el gobierno de Irán declinó enviar emisarios al encuentro. Fue, sin duda, una decisión meditada que envió a su contraparte un mensaje inequívoco: Irán, que había venido librando hasta ahora una guerra existencial defensiva, negociará únicamente desde una posición de fuerza. No realizará concesiones al enemigo. Se siente el vencedor en el campo de batalla, y el vencedor dicta las condiciones.

Como parte de un claro encuadre estratégico para terminar la guerra de manera permanente, esa posición iraní se fue consolidando a medida que el alto el fuego de dos semanas se acercaba a su fin, y obligó al siempre arrogante y marrullero Trump a conceder una nueva tregua para ganar tiempo. Coloquialmente, de manera involuntaria, el magnate se vio obligado a reproducir la tendencia que tanto lo enfurece: TACO ("Trump always chickens out" o "Trump siempre se acobarda"), acrónimo que le endilgara un periodista del Financial Times en agosto de 2025 y que desde entonces ha sido jocosa tendencia en las redes sociales.

Como han reconocido políticos, académicos y medios estadounidenses y europeos, el 28 de febrero Trump desató por segunda vez a traición una guerra de agresión contra Irán con objetivos declarados muy ambiciosos: desde el cambio de régimen hasta la destrucción de la infraestructura militar y nuclear de Irán. No logró ninguno de ellos. Ahora busca desesperadamente negociaciones, no por buena voluntad sino por necesidad. Por el contrario, Irán no solo sobrevivió a 40 días de agresión sin restricciones, sino que emergió más fuerte, más unido y más capaz de infligir daño a sus adversarios.

Además, Irán introdujo una distinción crítica a la mesa de negociaciones: según su marco analítico, no se trata de ceder activos estratégicos en la mesa sino de acordar el fin permanente de la guerra de manera digna. Su lógica es clara y sencilla y no debe ser malinterpretada como un rechazo a la diplomacia: Irán no comenzó esta guerra. Le fue impuesta por EEUU e Israel en medio de las conversaciones nucleares en Ginebra.

Teherán ha acordado solo un alto el fuego, un silencio en el campo de batalla. Pero la guerra no ha terminado formalmente. Por lo tanto, cualquier negociación debe referirse a los términos para terminar la conflagración, y no, como pretenden EEUU e Israel, para desmantelar las capacidades nucleares o misilísticas defensivas de Irán. Ambos temas están, para Irán, fuera de la mesa.

Como señala un análisis del canal de televisión iraní Press TV, con sede en Teherán, después de décadas de sanciones ilegales, presión militar y campañas de asesinato, los programas de misiles y nucleares de Irán siguen no solo intactos, sino que han experimentado un crecimiento exponencial. Si el enemigo no pudo tomar esos activos en el campo de batalla, ¿por qué Irán habría de entregarlos en la mesa de negociaciones?

Además, negociar sobre estos activos legitimaría la agresión del enemigo. Si Irán se sentara a discutir sus niveles de enriquecimiento, existencias de uranio o alcances de misiles, aceptaría implícitamente que estos son temas legítimos de intervención extranjera. El enriquecimiento, la propiedad del uranio, la dilución o no son asuntos internos del país en los cuales ninguna entidad extranjera tiene derecho a interferir.

Parafraseando al secretario de Guerra de EEUU, Peter Hegseth, la "diplomacia" de Washington y Tel Aviv son las bombas. Irán ya ha aprendido la lección histórica. Por eso, ahora, desde una posición de fuerza, su lógica es meridiana: si el gobierno iraní hace concesiones ahora, se atraparía a sí mismo en un ciclo destructivo: guerra, alto el fuego, negociaciones (simuladas y dolosas por parte de EEUU e Israel), concesiones, perfidia, luego otra guerra. El enemigo aprendería que la agresión paga: que al lanzar guerras ilegales e injustificadas e imponer lo que llama "máxima presión", puede........

© La Haine