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Malí: el «apocalipsis» que no fue y la narrativa de derrota que necesita Occidente

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03.05.2026

Lo que sí ocurrió y que muchos analistas decidieron no ver (y/u ocultar), fue una rápida y coordinada respuesta de las fuerzas malienses, que siguen demostrando el camino de ruptura con el viejo esquema de tutela francesa en el que tanto Mali como los otros países de la AES, están dispuestos a llevar adelante más allá de ataques como los de este 25 de abril, dejando al descubierto algo más profundo: no solo se disputa el control del territorio, sino el sentido mismo de lo que ocurre en el Sahel.

Lo cierto es que en las últimas horas del 25 de abril grupos yihadistas y separatistas tuaregs lanzaron una ofensiva coordinada contra Bamako, Kati, Gao y Kidal con un objetivo que excedía lo estrictamente militar: no se trataba únicamente de golpear posiciones del Estado, sino de instalar, en tiempo real, la idea de que el Gobierno de Assimi Goïta había perdido el control del país. Como viene ocurriendo casi sistemáticamente en esta región, aquí no podemos dejar de lado los episodios de finales de 2025 cuando la prensa occidental anunciaba la caída del Gobierno maliense en manos de JNIM por los bloqueos de las rutas de ingreso a Bamako. Este ataque también cumple con esa misma lógica: "la dimensión simbólica del ataque". Algo que hoy es tan importante como su ejecución sobre el terreno. En el Sahel cada día se ponen en juego las disputa por el relato y el sentido.

Lo que también es cierto y que pocos lo dijeron es que las Fuerzas Armadas de Malí (FAMa), con apoyo de sus aliados y en articulación con redes locales de información, lograron contener y revertir los ataques en cuestión de horas en los principales centros urbanos. Sin embargo, mientras esa respuesta comenzaba a desplegarse, buena parte de la maquinaria mediática internacional ya había comenzado a construir otro desenlace: el de un Estado desbordado, incapaz de sostener el orden interno tras su ruptura con los esquemas tradicionales de seguridad en la región.

Los hechos concretos fueron que en la madrugada del 25 de abril Malí despertó bajo ataque. De manera simultánea, el Jama'at Nasr al-Islam wal Muslimin (JNIM), filial de Al Qaeda en la región, y el Frente de Liberación de Azawad (FLA), una coalición de grupos separatistas tuaregs, lanzaron operaciones en Bamako, la vecina Kati --donde se encuentra la residencia presidencial-- y ciudades estratégicas del norte como Gao, Kidal, Sévaré y Mopti. La ofensiva combinó ataques de alto impacto simbólico, acciones de hostigamiento y una rápida circulación de contenido en redes sociales que amplificó la percepción de descontrol.

En pocas horas, el hecho dejó de ser solamente un episodio militar para convertirse en un fenómeno narrativo. Antes de que existiera un cuadro claro de situación en el terreno ya circulaban versiones que hablaban de ciudades "tomadas", de infraestructuras críticas bajo ataque y de un Gobierno al borde del colapso. Esa secuencia --primero la interpretación, luego la verificación-- no es un detalle menor: es parte constitutiva de cómo se construye hoy el sentido de los conflictos. La cobertura mediática en Occidente y sus voceros locales, esos mismos que sistemáticamente festejan cualquier revés de los Gobiernos soberanos del Sahel, no tardó en calificar la situación como una "junta desbordada" y un "fracaso del apoyo ruso". Las redes sociales se llenaron de análisis apresurados, analistas de sillón anunciando la caída inminente de Goïta y el fin del experimento anticolonial en Malí.

La rápida respuesta militar maliense

Lejos del colapso anunciado en las primeras horas, la respuesta del Estado maliense comenzó a delinearse con mayor claridad a medida que avanzaba la jornada. El propio ejército confirmó que "grupos armados terroristas" habían atacado posiciones en Bamako y otras ciudades clave, señalando que sus fuerzas estaban "comprometidas en eliminar a los atacantes" y recuperar el control de las zonas afectadas.

Ese dato no es menor. Porque mientras la narrativa inicial hablaba de ciudades caídas y de un Estado desbordado, los propios comunicados oficiales indicaban otra cosa: enfrentamientos activos, despliegue militar y, horas después, la afirmación de que la situación estaba bajo control en los principales puntos estratégicos.

Los ataques, efectivamente, fueron de una magnitud inusual. Se trató de una ofensiva coordinada que alcanzó Bamako, Kati, Gao, Sévaré y Kidal de manera simultánea, algo que incluso fuentes internacionales describieron como uno de los episodios más extensos de los últimos años.

Sin embargo, esa escala no se tradujo automáticamente en control territorial sostenido. Las propias afirmaciones de los grupos atacantes --como la supuesta toma de Kidal o posiciones en Gao-- no pudieron ser verificadas de manera independiente en el corto plazo, lo que refuerza la idea de que, junto con la ofensiva militar, se desplegó una operación de impacto comunicacional.

En esa capacidad de respuesta aparece otro elemento........

© La Haine