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Populismo autoritario: el atropello como marca y el absurdo como modelo de negocio

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06.08.2026

Vivimos bajo una ilusión óptica de proporciones históricas. Cuando observamos el ascenso de figuras como Trump, Milei o Itamar Ben-Gvir, la opinión pública tiende a interpretar sus gestos, insultos y políticas como síntomas de un caos incontrolable, el desborde de la irracionalidad o el regreso fantasmal de los espectros del siglo XX. Nada podría estar más lejos de la realidad. Estos líderes no son anomalías ni locos sueltos. Son gerentes de la destrucción sistemática, altavoces humanos de un proyecto meticulosamente diseñado desde las élites globales. Lo que presenciamos no es un accidente de la historia; es una convergencia sistémica.

Como señalaba Karl Marx, las ideas dominantes de cada época no son más que las ideas de la clase dominante. Las élites tecnológicas ya no se limitan a financiar proyectos. Hoy diseñan la infraestructura misma sobre la que se produce, distribuye y consume el discurso. La genialidad perversa del momento actual es que esta dominación ya no se ejerce con el lenguaje técnico y moderado del neoliberalismo de los noventa. Se ejerce con un vocabulario beligerante, visceral y destructor que ha colonizado el sentido común sin generar inmunidad social alguna.

Para comprender este fenómeno, debemos abandonar la etiqueta simplista de «fascismo clásico«. Lo que emerge hoy es un autoritarismo de nueva generación, un híbrido mutante donde cada líder defiende a una elite específica y a un proyecto concreto, adaptándose a las coordenadas locales, pero bebiendo de la misma fuente ideológica. Trump, en este sentido, no fue una anomalía, sino el proveedor del molde comunicacional global: la política como espectáculo de realidad, la deslegitimación sistemática de las instituciones verificadoras y la transformación del adversario político en un enemigo existencial.

Ben-Gvir no es un fanático israelí suelto. Es el Ministro de Seguridad Nacional de un régimen que ha convertido la expansión de asentamientos en su prioridad máxima. Los acuerdos de coalición de Netanyahu se comprometieron a «avanzar y desarrollar el asentamiento en todas las partes de la tierra de Israel», incluyendo la anexión de Cisjordania. Él no representa un mero extremismo marginal; es la materialización de un proyecto de ingeniería demográfica y territorial que exporta un modelo de «seguridad» basado en la represión preventiva, la expansión colonial y la normalización de la violencia etnonacionalista como política de Estado. ¿Por qué necesita Ben-Gvir un léxico de «muerte a los terroristas», de armar civiles, de justificar la violencia de colonos supremacistas? Porque la limpieza étnica requiere un lenguaje que la deshumanice.

Para entender cómo este engaño prospera y logra tal adhesión, debemos recurrir al análisis de Ernesto Laclau y su concepto de «La razón populista». Laclau nos enseñó que mientras cada reclamo social permanezca aislado y separado, el sistema puede absorberlos, fragmentarlos o ignorarlos sin mayores riesgos. Pero cuando las instituciones dejan de responder a las necesidades básicas de la población, esas demandas dispersas comienzan a unirse. Se forja lo que él denominó una «cadena de equivalencias».

Esto no significa que todos quieran exactamente lo mismo, sino que todos empiezan a percibir que tienen un enemigo........

© La Haine