La arrogancia del imperio: cuando el «nuevo mundo» se viste de persa
La guerra es el padre de todo y el rey de todo; hace a unos dioses y a otros hombres; hace a unos esclavos y a otros libres.(Heráclito)
Imaginemos el escenario. Es el verano de 2026. Trump, reelegido en noviembre de 2024 con la promesa de «Hacer América grande otra vez», ha vuelto al Despacho Oval. El hombre fuerte del régimen israelí, Benjamin Netanyahu, aferrado al poder gracias a una coalición de extrema derecha, ordena el bombardeo preventivo masivo contra las instalaciones nucleares iraníes en Natanz, Fordow y Parchin. «Es ahora o nunca», declara ante el Congreso de los EEUU, mientras los aplausos de los legisladores retumban en la Cámara. La «victoria rápida» se anuncia como un hecho consumado en Fox News y en todos los think tanks de Washington. Los estrategas hablan de semanas, quizás días. El mundo observa, entre temeroso y fascinado.
Cuatro semanas después, el portaaviones USS Gerald R. Ford arde en el Golfo Pérsico tras una saturación de misiles hipersónicos iraníes Fattah-2 y drones Shahed mejorados. Las llamas devoran la cubierta de vuelo mientras los marinos luchan por controlar un incendio que parece alimentarse del orgullo herido de la armada más poderosa del planeta. Las bases estadounidenses en Al-Udeid (Qatar), Al-Dhafra (Emiratos) y Ali Al Salem (Kuwait) sufren ataques precisos con misiles de crucero de largo alcance que habían penetrado las defensas.
Tel Aviv queda a oscuras durante setenta y dos horas, sus ciudadanos se apiñan en refugios mientras las sirenas no cesan. El «Eje de la Resistencia» --Hezbolá, los yemeníes, las milicias iraquíes-- coordina una respuesta que desborda las defensas israelíes con una sincronización perfecta, como si hubieran ensayado este momento durante décadas.
Netanyahu huye a un búnker en el Neguev, rodeado de asesores. Trump, desde la Casa Blanca, ordena el uso de bombas bunker buster (rompe búnkeres) y amenaza con la «opción nuclear táctica» en una rueda de prensa donde su gesto desencajado delata lo que sus palabras pretenden ocultar, el desconcierto. El mundo contiene la respiración. Las bolsas se desploman. El petróleo se dispara. Y en Teherán, las calles permanecen en calma, como si esperaran algo que solo ellos conocen.
Este no es un guion de Hollywood. No es una serie de streaming ni una novela. Es la proyección lógica, casi inevitable, que surge de leer La guerra final de EEUU, de Andrei Martyanov, un libro publicado en inglés en 2024 y recientemente traducido al castellano que está causando alteraciones en los círculos estratégicos de Washington.
Martyanov, un ex oficial de la Armada soviética emigrado a EEUU, disecciona con precisión de cirujano el colapso militar, industrial y cognitivo de la hiperpotencia a través del caso ucraniano. Pero su obra, aunque centrada en la operación militar especial rusa en Ucrania, se convierte en manual de cabecera para entender por qué una guerra contra Irán terminaría exactamente así: con la humillación definitiva, aunque quizás encubierta por políticos y medios, de la hegemonía occidental.
Martyanov no menciona explícitamente a Irán en su obra principal, pero cada página, cada dato, cada análisis, apunta en la misma dirección incómoda: EEUU y su aliado israelí ya no pueden ganar una guerra real contra un adversario que posee industria, tecnología hipersónica, profundidad estratégica y, sobre todo, la voluntad de luchar hasta el final. No es una opinión. Es una constatación matemática.
El «nuevo mundo» del que habla Martyanov no está naciendo solo en las estepas ucranianas, como algunos creyeron, ni en los astilleros chinos, como otros temieron. Está emergiendo, con una ferocidad que los estrategas del Pentágono se negaron a ver, de los túneles excavados en las montañas de Irán, de los silos de misiles camuflados en el........
