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No es el cine, es el odioso gremio

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08.03.2026

Me gusta mucho la Susan Sarandon a la que espiaba y adoraba un otoñal Burt Lancaster en esa maravilla de Louis Malle que es Atlantic City, y la de diversos registros, que protagoniza otras películas notables como El cliente, la icónica Thelma & Louise o la erótica White Palace; pero me cansa y aborrece todo su activismo militante, siempre en la vanguardia de las causas falsamente progresistas que afloran del laboratorio de ideas de las universidades pijas norteamericanas, y que por sistema siguen el guion que marca sin borrón el Partido Demócrata. Todo tan orquestado, tan fatigoso, tan previsible. Luchas de ricos alejados de la realidad, que pueden permitirse el antojo sin riesgo de vivir desde sus mansiones exotismos como el socialismo bolivariano, la revolución cubana o la tercermundización de España.

Hacen alguna visita esporádica, como el que va de safari, se tiran cuatro fotos, dicen un par de simplezas tontorronas para agradar a los oriundos que la invitan (somos felices con muy poco), y se vuelven a Los Ángeles en jet privado. Con la aprobación y la mirada de arrobo del antiamericanismo de salón comedor, del que comen tantos advenedizos desde los tiempos de la vieja IU, y el antiotanismo de Felipe González y las chaquetas de pana del progre Papá cuéntame otra vez.

Que la Academia del Cine, en su endogámica gala de autoindulgencia, haya premiado a Susan Sarandon es bastante coherente, qué duda cabe. A pesar de su estancada carrera, han creído necesario darle el reconocimiento «internacional» ahora que es casi una octogenaria. Descuiden, que no se lo iban a dar a Clint Eastwood, bastante más relevante en la historia del cine y con más años que un bosque, pero poco amigo de Kamala Harris.

Desde que tuvieron las santísimas narices de colocarle el Goya de Honor a una activista de Batasuna en el pabellón que llevaba el nombre de una víctima de ETA (Martín Carpena) yo ya no espero nada ni medio digno de ese colectivo tan visceralmente pútrido. Ajenos a su mediocridad e irrelevancia social, sin importarles que cada año la audiencia del sarao se desplome más, porque a ellos los ingresos les llegan por otra vía.

No confundan mi posición con la de un cabestro, o la de alguien que no pisa las salas. El cine es mi más temprana y gran afición, soy un apasionado desde pequeño, y además creo que es el arte más completo. España ha dado nombres ilustres al panteón del séptimo arte, y ahí están los obituarios de Berlanga, Mario Camus, Luis Buñuel, Fernando Fernán Gómez, Carlos Saura, José Luis Cuerda. Y considero que actualmente existe tanto talento (Sorogoyen, Alberto Rodríguez, Amenábar, Isabel Coixet, a ratos) como sectarismo.

Mi problema es que, en la época de corrupción institucional sistémica más colosal y escandalosa de la historia reciente, ahí tenían «los del cine» a Pedro Sánchez, ahí estaba con él la cinco veces imputada esposa; ahí reposaban, sobre la memoria reciente, los cuerpos calientes de casi medio centenar de españoles muertos en la red ferroviaria ruinosa de la que responde un energúmeno. Era un pase de gol, oigan. Tenían al jefe de la organización criminal, al «puto amo», al quinto del Peugeot, y se pusieron a disertar, todos y todas, sobre el panorama internacional, que era algo más cómodo, para lo que no había que tener mucha idea y aún menos agallas. Lo de cerca no interesa y está todo Ok, José Luis.

Qué oportunidad, bravos muchachos, divas del cine y aspirantes de actorzuelos, para demostrar la conciencia contestaria. El gremio comprometido. Pero tenían que hablar de Gaza, porque el antisemitismo de garrafón está de moda y encima se están bajando a los ayatolás, que tanta pasta han dado a los socios de Pedro el guapo. Y entonces no dijeron nada, claro. Si se hace una semana después, hubiera tocado pasar de Gaza a Teherán, pero siempre sin molestar al número uno.Al revés, estaba cómodo, posando en el fotocall, sintiéndose una celebridad, recibiendo una prueba pública de consideración y respeto. Alguien que no puede pisar la calle sin que lógicamente le quieran reventar la cabeza, se contonea por las alfombras rojas del cine patrio como si fuera el mismísimo Cary Grant. Y teniendo que apartar las babas. Este año también estaba por ahí esa zumbada chabacana que en la edición del 2024 le soltó: «¡Eres un icono, presi, te queremos!».Pero Pedro Sánchez no sólo recibe halagos, también pasa revista. Comprueba que se han invertido correctamente los millones del contribuyente en un negocio que, desde el punto de vista de la taquilla, es mayormente deficitario. Pero la industria del cine español es hoy día un aparato propagandístico y correa de transmisión del ideario sanchista como lo pueden ser RTVE o la SER. La PSOE lo sabe, lo aprovecha y lo fomenta. Polarizando al personal. Atacando a un público potencial. Conscientes de ser excluyentes y minoritarios, pero tratando de provocar. Haciendo, como en otras galas, que Pablo Iglesias se ponga esmoquin, habiendo ido siempre al Congreso descamisado y con aspecto de oler a cabra.

Salvo honrosas excepciones, mantienen una monoidentidad ideológica y similitud en el discurso, aunque balbucen simplezas y lugares comunes sólo para congraciarse con el resto.

Todos con la chapita de un lobby antisemita. De haber estado ahí, una persona con algo de decencia habría tranquilamente subido al escenario para sugerir por dónde pueden meterse la sandía palestina.Bobos.


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