La conjura de la sangre
El pasmo de la semana bien pudiera ser escuchar a un presidente del Gobierno y al cochambroso Pachi López recomendar, como heroico acto revolucionario, al tal Bus Bunny, con lo que supone que el Poder Ejecutivo y mediático español hagan proselitismo de la vulgaridad, de lo hortera, lo más bajuno de la inframúsica de coreografía de simios sexópatas. Reduciendo todo un continente a una especie de bonobos en celo balbuceando a saber qué majaderías de cortejo y misoginia. Como si eso representara lo «latino» (horrible acepción de origen en la Francia del XIX para referirse a la cultura y los países de la Iberoesfera, en vez de la más acertada Hispanoamérica).Pero, más allá de las gilipolleces habituales de los paletos gubernamentales y sus cortinas de humo, lo que se lleva la palma del estupor es la puesta en semilibertad del etarra Cheroqui, condenado a casi 400 años de cárcel, en un país donde esa cantidad es sólo un número, sin significado práctico al que poder aferrarse.De no estar inmersos en un Estado rendido a las reclamaciones del terror nacionalista que lo sustenta y apuntala, este asesino no tendría vidas suficientes para pasarlas todas entre rejas, una detrás de otra y sin posibilidad de contemplar demasiado seguido la luz del sol.
Cheroqui formó parte de la etapa de la «socialización del sufrimiento» y destacó por su participación en crímenes caracterizados, todos ellos, por la cobardía y el absoluto estado de indefensión de la víctima.
Me resulta complicado creer que los progres, por muy descerebrados que sean (y que sabemos que lo son), puedan sentir simpatía por tan diabólica criatura. El trasfondo es más mezquino que eso. Ellos se justifican por la ya analizada lealtad de gleba, de desear por encima de todo que la coalición que está destrozando el país siga en el poder, pues el izquierdista primeramente odia España, y prefiere mil veces que continúen Sánchez y su banda, realizando fechorías junto a los golpistas y los proetarras, antes que cualquier otro partido acceda a la alternancia.
Y eso es un problema. La falta de vergüenza cívica de los que amparan todo este desatino. Porque las familias de las víctimas de ETA van a ser pisoteadas, una vez más, aunque el desconcierto y el estupor ya dan paso a la rabia prolongada, pues el Partido Socialista lleva tiempo comprando con sangre derramada la plaza en Moncloa. Todo ocurre para que Sánchez siga en el poder, pero es una permanencia alquilada con demasiadas vidas rotas y la dignidad de tantos españoles muertos, con sus asesinos saliendo a la calle y otros crímenes sin resolver enterrados en el olvido y la desmemoria.
A las víctimas se les exige además una compostura y un silencio para no incomodar demasiado, pues si se hacen notar mucho pueden molestar a los que dicen que ETA es pasado, mientras se suceden los recibimientos con honores a los terroristas cuando son excarcelados gracias a que las competencias de prisiones ahora son del PNV, e impera la ley del silencio en Vascongadas, pues sabemos que, animales que atacan en manada, los cachorros de hiena pueden agredir a un guardia civil fuera de servicio, a un periodista o al hijo de un político.
Nacionalismo excluyente en nombre del «antifascismo» y de una patria mitológica, secundando la intransigencia más aldeana. Si uno tiene la mala suerte de meterse en el infortunio de los regionalismos viscerales, sabe hasta qué punto el más mediocre militante es un rústico montaraz con un punto de vista muy angosto de casi todo. Sueños identitarios de razas superiores, odio enérgico al vecino que no piense lo mismo, integración en la jauría con una uniformidad estética que camufle un páramo cultural. Estrechez de miras, burricie, violencia.
ETA nació como escisión del PNV y bajo el palio de algún clérigo cabronazo, y continuó con la simpatía más o menos evidente de la progresía que ellos llamarían estatal. Y es que todo ha pasado ya, como vamos a comprobar. Ya en el año 1992, monseñor Arzalluz afirmó que todos los presos de ETA deberían estar en la calle. Si algún lector lego en historia vasca no sabe del bueno de Xabier, que busque declaraciones suyas, era un piadoso hombre muy simpático.
En ese mismo año, 1992, un tercer grado penitenciario fue concedido, a los seis años de ingresar en prisión, al etarra José Manuel Azcárate Ramos, que tenía una condena de 57 años de talego. Poco sirvió que el fiscal entonces recurriera la decisión que había tomado la juez, de nombre Manuela Carmena. Como ven, todo ha ocurrido ya antes, porque la complicidad es siempre del mismo espectro. ETA no hubiera llegado tan lejos sin los que fueron comprensivos en exceso. Por eso, Pedro Sánchez forma parte de esa vieja tradición en el conglomerado de soporte del terrorismo. Pero no es el primero. Simplemente es el peor.
