La conjura de la sangre
El pasmo de la semana bien pudiera ser escuchar a un presidente del Gobierno y al cochambroso Pachi López recomendar, como heroico acto revolucionario, al tal Bus Bunny, con lo que supone que el Poder Ejecutivo y mediático español hagan proselitismo de la vulgaridad, de lo hortera, lo más bajuno de la inframúsica de coreografía de simios sexópatas. Reduciendo todo un continente a una especie de bonobos en celo balbuceando a saber qué majaderías de cortejo y misoginia. Como si eso representara lo «latino» (horrible acepción de origen en la Francia del XIX para referirse a la cultura y los países de la Iberoesfera, en vez de la más acertada Hispanoamérica).Pero, más allá de las gilipolleces habituales de los paletos gubernamentales y sus cortinas de humo, lo que se lleva la palma del estupor es la puesta en semilibertad del etarra Cheroqui, condenado a casi 400 años de cárcel, en un país donde esa cantidad es sólo un número, sin significado práctico al que poder aferrarse.De no estar inmersos en un Estado rendido a las reclamaciones del terror nacionalista que lo sustenta y apuntala, este asesino no tendría vidas suficientes para pasarlas todas entre rejas, una detrás de otra y sin........
