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Todo en regla

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03.09.2026

La madrugada del 10 de febrero, a las tres y diez, Herminio Salces Otero encendió el horno de la panadería La Espiga, en Cervera de Pisuerga, como lo había encendido su padre y como antes lo encendió su abuelo, que levantó el obrador en 1953 con un saco de harina fiado y un reloj de pared al que puso diez minutos de adelanto para que el pan no esperara nunca a nadie. El reloj seguía allí, con su mentira piadosa intacta, y seguía la liturgia entera: la masa madre alimentada la víspera la artesa donde la masa se despegaba con un sonido de bota saliendo del barro, el silencio de la calle, el olor que a las siete y cuarto cruzaba la plaza y se colaba por los balcones entornados como un vecino de confianza. Herminio tenía sesenta y un años, las cejas siempre blancas y un oficial, Braulio, que llegaba a las cuatro en un Citroën Berlingo con la radio puesta y los faros comidos de polvo.

En marzo subió de una asesoría de Palencia un muchacho de gafas........

© La Gaceta