La resina
De niño pasaba los agostos en un pueblo de sierra del que prefiero no dar señas, porque los lugares de la infancia conviene guardarlos como se guardan las cosas de valor, sin dirección exacta. Mi tío tenía allí un pinar en cuesta, unas pocas fanegas heredadas que no daban dinero ni lo pretendían, y subía a pisarlo casi todas las tardes con una vara que no le servía para nada salvo para señalar. Me llevaba con él en calidad de escudero involuntario. El pinar olía a resina caliente, un olor espeso que se quedaba en las manos como se queda el azúcar de las ferias, y las chicharras sostenían ese hervor de freidora que era el verdadero silencio del verano. Mi tío se agachaba, apartaba una piña con la vara, calculaba a ojo la distancia entre la hojarasca y el tronco. Después soltaba su acertijo de viejo: «El monte no se quema en agosto. El monte se quema en enero, cuando nadie sube a limpiarlo». Yo asentía sin entender, que es la forma en que los niños........
